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Epílogo a El Proceso, de Franz Kafka


En vida de Kafka sólo se publicaron algunos relatos cortos. Un sentido nada frecuente de la responsabilidad, el supremo valor religioso que le daba a su creación, le obligaban a abandonar uno tras otro los frutos de una producción feliz e inspirada. Únicamente un pequeño grupo de amigos tenía conciencia de ver madurar a un creador de gran envergadura, que aspiraba a los fines últimos, y luchaba por las cuestiones más profundas. La creación no era para él un fin en sí mismo, sino un camino para conquistar una verdad superior, conveniente a la vida. La tragedia de este destino es que la vía que lleva hacia la luz no la encuentra, y, a pesar de todos sus esfuerzos, desemboca en las tinieblas.

Es así como se explica el testamento de este hombre que murió prematuramente, que condenó todo su trabajo literario a la destrucción. Max Brod, designado por él como su albacea, decidió, en contra de sus últimas voluntades, publicar en varios volúmenes lo que se ha podido salvar de su herencia literaria, y que sitúa a Franz Kafka en un destacado lugar entre los espíritus representativos de su generación.

Esta obra rica, intensa, ya madura y como acabada desde el origen, viene a ser, desde entonces, como un testimonio unido a profundas experiencias religiosas. La mirada de Kafka, fascinada duraderamente por el más allá religioso de la vida, sondea con una penetración nunca satisfecha la estructura y el orden profundo de esa realidad secreta, recorriendo los confines donde la vida humana entra en contacto con el ser divino. Él es su chantre y su adorador, pero un chantre de una rara especie. El calumniador, el satírico más virulento no podría hacer del mundo una caricatura más atroz, de formas más comprometedoras y absurdas en apariencia. La grandeza del orden divino, según Kafka, no puede ser representada de otra manera que no sea por el poder de negación que hay en el hombre. Transgrede de tal manera todas las categorías humanas que sólo la fuerza de desaprobación, de rechazo, la crítica violenta que el hombre opone a las instancias superiores da la medida de su grandeza. ¿De qué otra manera podría reaccionar el hombre ante la usurpación de esas fuerzas, sino a través de la protesta, la incomprensión y una crítica demoledora?

El personaje de El Proceso va a someter toda la organización de la “justicia” a esa crítica en el transcurso de su primer interrogatorio. La ataca apasionadamente, la pone en peligro, aparentemente con éxito, pasa del rol de acusado al de acusador. La consternación visible del tribunal, que se bate en retirada, su impotencia, a través de la que se subraya el carácter esencialmente inconmensurable de lo sublime y de las categorías humanas, excitan la pasión reformadora, la temeridad del personaje. Así, la ceguera humana reacciona ante la invasión de los poderes con violencia –la hybris antigua– que no es la causa, sino el efecto de la cólera divina. Josef K., se siente mil veces superior al tribunal, cuyas argucias provocan su disgusto y desprecio. Él le opone la razón humana, la civilización y el trabajo. ¡Ridícula ceguera! Toda la superioridad de sus razones no le defiende contra el transcurso implacable del proceso, que le aguarda en su existencia mucho más allá de lo que puede decir. Sintiendo que el círculo se cierra cada vez más en torno a él, Josef K., no deja de seguir creyendo que a pesar de todo es posible romperlo, o de vivir fuera de él; se engaña con la idea de que puede obtener secretamente algo del tribunal a través de las mujeres, que son –según Kafka– un intermediario entre lo humano y lo divino, o por medio de un pintor-filósofo que, cree él, está en relación con los jueces. Kafka, de esta manera, estigmatiza y ridiculiza sin desmayo la naturaleza ambigua, e ilusoria, de las iniciativas humanas ante el orden divino.

El error de Josef K., está en que se obstina en su razón humana, en lugar de entregarse sin reservas. Se empecina, redacta cada día, indefinidamente, el recurso con el que intenta probar que su coartada humana está sin culpa. Todas sus tentativas, todos los “medios jurídicos” que emplea caen en un vacío enigmático, sin llegar a las altas instancias a las que se dirigen. El hombre que frecuenta ese mundo oblícuo, tortuoso y sin medida permanece para siempre un malentendido, un ser descentrado, ciego y fracasado.

En el penúltimo capítulo, que es como una clave para toda la novela, aparece otro aspecto del asunto, a través de la parábola del capellán de prisiones. No es la ley quien persigue a un hombre culpable, sino que es el hombre quien busca a lo largo de toda su vida entrar en el mundo de la ley, y todo ocurre como si la ley se ocultase ante el hombre, herméticamente al amparo de su carácter inaccesible y sagrado, al mismo tiempo que espera secretamente un atentado sacrílego, la irrupción del hombre. La defensa de la ley que emprende el capellán en la admirable exégesis de esta parábola roza la sofística, la perfidia y el cinismo; es la mayor prueba que puede afrontar el amor a la ley, la más alta abnegación a la que puede elevarse.

Kafka demuestra en esta novela, casi in abstracto, la irrupción de la ley en el hombre. No lo hace apoyándose en un destino real, individual. Nunca sabremos, una vez cerrado el libro, en qué consiste la falta de Josef K., no conoceremos la forma de verdad que su vida debía llevar a cabo. Kafka describe sólo el ambiente que caracteriza el encuentro de la vida humana con la verdad suprema, que le sobrepasa. Describe la atmósfera, el clima, el aura. La invención estética de este libro es una especie de proeza, a través de la que Kafka supo reflejar lo inalcanzable, y lo inexpresable, con el lenguaje humano, construyendo un material que transformado en los menores detalles, le da a su proyecto un cuerpo para restituir lo inmaterial.

El conocimiento, las investigaciones y búsquedas que aquí quiere expresar Franz Kafka no son en modo alguno su propiedad exclusiva; pertenecen a la herencia común de la mística de todos los tiempos y todos los pueblos, que las han expresado siempre en un lenguaje subjetivo, ocasional, ligado a las convenciones de las comunidades o escuelas esotéricas. Con él, por primera vez, gracias a la magia poética, ha sido creada una realidad paralela, a través de la que se manifiestan estas verdades, si bien no en su esencia, pero de tal manera que el no iniciado puede sentir también el hálito de su lejanía sublime, y vivirlas a través de un equivalente auténtico. Tal es el sentido del método de Kafka: crear una realidad paralela, un doble, un mundo subyacente, que a decir verdad apenas tiene predecesor. Alcanza esa apariencia de mundo paralelo gracias a una especie de pseudo-realismo que merecería un estudio particular. Kafka traspasa de manera especialmente aguda la superficie, la apariencia de lo real. Conoce de maravilla las gesticulaciones, los mecanismos externos de los acontecimientos y situaciones, sus engranajes e implicaciones, pero eso sólo es para él un tejido superficial, una epidermis sin raíces que echa como un ropaje delicado sobre la realidad trascendente. Su actitud hacia lo “real” es completamente irónica, insidiosa, como la de un ilusionista. Simula la exactitud, lo serio, la precisión de lo real, para mejor comprometerla en profundidad.

Las obras de Kafka no constituyen una imagen alegórica, exposición o exégesis de una doctrina; son una realidad poética autónoma, circular, cerrada por todas partes y que descansa sobre ella misma. Más allá de sus alusiones místicas y sus intuiciones religiosas, la obra vive su propia vida poética, ambigua, insondable, que ninguna interpretación puede agotar. El Proceso, cuyo manuscrito recibió Max Brod en 1920 de manos del autor, está inacabado. M. Brod ha separado de la novela algunos capítulos fragmentarios, que debían encontrar su lugar antes del capítulo final, apoyándose en una declaración de Kafka diciendo que ese “proceso” ideal no estaba terminado, pero las peripecias ulteriores no aportarían nada esencial al sentido profundo que tenía en mente.


Primera edición:
Franz Kafka, Proces (El Proceso) [traducción y epílogo de Bruno Schulz, editorial Rój, Warszawa 1936]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Opowiadania..., p. 440-445.


[Bruno Schulz; Epílogo a El Proceso, de Franz Kafka en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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