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La anexión del subconsciente
(Comentarios a La Extranjera, de Kuncewiczowa)


La Extranjera, de Kuncewiczowa, forma parte de esas obras que no concluyen una vez cerrado el libro, sino que siguen más allá, porque quieren traspasarnos su existencia, transplantar a la nuestra las ramificaciones de sus problemas. El sentido de este libro es denso y rico hasta el punto de que parece querer prolongar en nosotros, hacer crecer en nuestra alma una segunda floración de sus pensamientos y su problemática.

Desde el punto de vista de los géneros, esta novela es un retrato –y debemos, aunque sea el único ejemplar de su species– establecer su perfil. Un retrato, a través de los medios en apariencia inconmensurables de la narración y la ficción novelesca. Al contrario que la biografía, donde el individuo está mostrado en su desarrollo, desplegado en una organización dinámica, en un retrato los contornos y los rasgos de la fisonomía están dibujados de antemano, y dispuestos desde el comienzo; en tanto que el desarrollo se ordena, más bien, hacia la profundidad, y, como es un análisis, bajo forma dramática. El recorrido biográfico, el tiempo real está detenido. Los episodios de la existencia no siguen la cronología. Su orden no es el de los hechos, sino el del sentido, más profundo según la línea del destino y el meritum del carácter. Se ha dicho de los retratos de Rembrandt que, en cierto modo, contienen toda la vida y el balance de un hombre, de los que son como el residuo definitivo, como una resultante fosilizada. El libro de Kuncewiczowa sigue un proceso contrario: el contorno fósil, muerto, de la fisonomía adquiere una nueva existencia, y despliega su contenido. Yo mismo he mantenido durante mucho tiempo la idea de que se podría –del rostro de un hombre cruzado en la calle– escribir un relato o toda una novela; volver a poner en movimiento –por decirlo así–, y movilizar de nuevo un desarrollo biográfico de aquello que estaba petrificado en una imagen definitiva. Pero no creía que se pudiese hacer de manera tan densa y monumental.

La esencia de la novela es el movimiento y la acción, mientras que el retrato permanece estático. La autora ha superado esa dificultad utilizando el procedimiento novelesco de la confesión. Enredada en su incomprensible destino, e incomprendida igualmente por su entorno, sólo al final de su vida, y poco tiempo antes de su muerte, la heroína alcanza a comprender el enigma que ella es, y con una confesión hecha a su hija llega a un ajuste de cuentas con toda su vida.

La confesión constituye la corriente principal del relato. En el interior, la autora ha elaborado una red de diques y barreras entre los que apresa una corriente secundaria, retráctil, que la conduce a diversas regiones del pasado, cortando con sus ramificaciones la línea de vida de la heroína. A través de esos movimientos retrospectivos, la novela avanza, sin embargo, con lentitud, dejando por todas partes los sedimentos del conocimiento interior, hacia la gran desembocadura, la vasta cuenca de la confesión, que recuerda a los torrentes y afluentes en su curso.

El retrato es el de una mujer mala, de una arpía, de una bruja: el primero de esta envergadura en la literatura polaca. Estamos muy lejos de los demonios femeninos, de las mujeres fatales, de todas esas sublimaciones engañosas y fáciles emulaciones donde se encarna el mal. Aquí se trata de la maldad en su forma banal y tosca. Desde la primera capa del retrato –su esbozo de alguna manera–, la heroína muestra precisamente esa maldad vulgar, sin artificios, pobre e irrisoria. El trazo de Kuncewizowa es tan convincente y fuerte que nos parece reconocerla. No es condescendiente con su heroína, no introduce ningún retoque o suavizamiento. Con determinación, con crueldad, a riesgo de la desaprobación o antipatía del lector, expone a su personaje al ridículo. Pero determinación y crueldad se revelan finalmente rentables, en un nivel superior del análisis.

La maldad humana, la hostilidad elemental y primera de un ser egoísta oponiéndose al resto del mundo es a veces, en sus grandes explosiones impetuosas, un fenómeno magnífico y fascinante. Aunque tampoco está desprovista de interés incluso en sus manifestaciones de menor envergadura. Representa, en el fondo, una especie de movimiento primitivo, arcaico, venido de las épocas más lejanas de la humanidad, cuando el miedo en las relaciones entre los hombres todavía era un medio de regulación suficiente y eficaz. Es por lo que el regreso de ese movimiento bajo una forma no controlada nos parece ridículo y a la vez comprometedor. Además se encuentra en los síntomas de la maldad violenta un cierto romanticismo, un pathos ingenuo que interesa y seduce en tanto que manifestación de una fuerza vital alejada de las formas domesticadas de la cultura.

En la cólera que la acompaña podemos ver también una imagen del buen salvaje, ridícula pero emotiva en un europeo. Encontramos finalmente una forma de desinterés; se eleva por encima de lo útil, con la intransigencia y exuberancia de un sentimiento que tiende a la afirmación de sí mismo; y además algo involuntario y mecánico, como en los accesos de locura, que de alguna manera nos desarma y reconcilia.

Esta sana cólera, de una inocencia casi animal, se conjuga a veces en sus manifestaciones con su otra forma, que es en realidad la inversión del amor, producto, ella, de los tortuosos y enredados laberintos de la histeria.

Ocurre que ciertas cargas de energía se encuentran repentinamente cortadas de sus afluentes en el alma humana, y se descargan entonces, lejos de sus fuentes dinámicas, en crisis de cólera furiosa. Las de nuestra heroína parecen tener ese doble origen, enredado, ambiguo; es por eso que unas veces divierte y subyuga, y otras suscita sorpresa y piedad.

Si la autora se hubiese contentado con ese aspecto de Róża, ya hubiera dado un retrato esencial, vivo y magnífico por su coherencia. Así la veía antaño –si existió– su entorno, y así merecía ser inmortalizada, con la pureza de ese tipo de demonio femenino. Sin contentarse con esa visión, la autora va a someterla sin embargo a una problemática más compleja, y a otros niveles. Cada vez, Róża aparece diferente. Lo que parecía el fondo de su ser adquiere otra dimensión, que desvela planos más alejados y más profundos. Y esa gradación, ese descenso cada vez más abajo nos tiene en vilo y nos golpea con un asombro cada vez más lacerante.

Róża es habitualmente una bruja, cuando la vemos en su entorno cotidiano. La banalidad de la vida la empuja a accesos de una cólera bastante común, la de un ser amenazado por las explosiones de una constitución perversa que tiende a descargarse con la fatalidad de un mecanismo. Pero situada en otras condiciones más solemnes, festivas o insólitas, Róża se convierte en un ser diferente. A decir verdad, esta mujer aparece entonces predestinada a una existencia más rica, heroica, a una plenitud cuyo ejemplo vendría dado por la música, o por el éxtasis supremo del amor.

En los raros momentos en que le es permitido escapar a la simpleza cotidiana para acceder a un mundo de belleza, la contracción convulsa de su ser se relaja, y Róża deviene entonces un alma admirable ardiendo de fuego interior; se convierte en el receptáculo y el instrumento perfecto de la belleza del mundo. En esos momentos fascina a su entorno y lo seduce con un extraño encanto. Brilla de tal modo que engrandece la vida, y, bajo la fuerza de un fuego de extraña intensidad, la hace exuberante, ardiente y bella. A su lado la vida alcanza una dimensión nueva, los seres superan sus límites y multiplican sus posibilidades. El fermento de la cólera y la irritabilidad, el fermento de la sobreexcitación y la fiebre, en apariencia desorganizadores, se manifiestan creativos, ganan una identidad nueva: la de una lucha abierta contra la mezquindad y la simpleza de los acontecimientos y las personas. En tales momentos nadie, ni incluso sus víctimas, puede resistírsele; se le perdona todo, y todos los corazones laten con el mismo movimiento poderoso y cálido.

El gran mérito de la autora es haber logrado hacer verosímil esa doble naturaleza de Róża, sin que los saltos violentos a que ella le obliga –de la simpleza a lo sublime– destruyan la unidad de su persona. Róża oscila sin cesar entre la inspiración de la musa y la trivialidad de la arpía, y sus cambios repentinos no alteran la calidad de cada forma, sino que parecen adecuarse y justificarse mutuamente. Pues sólo la ruptura de su ser en personajes tan contradictorios nos garantiza la autenticidad de cada uno de ellos. La forma tan irritante de su maldad –sarcasmo, arrogancia, orgullo– gana en su opuesta un fondo donde parece adquirir un sentido nuevo y más rico. En cambio, sus exaltaciones y éxtasis, sus contemplaciones, ganan con la vulgaridad y el ridículo de su otra naturaleza un contrapeso realista que las preserva de lo artificial.

¿Cómo explicar que esta egoísta sin amor, sin bondad ni comprensión, sin indulgencia para nadie y capaz de decirle a cada cual sus cuatro verdades, que este ser encerrado en sí mismo provoque, sin embargo, entusiasmo cuando se decide a abandonar la enorme soledad de la que se enorgullece, y que baste entonces con una sonrisa amistosa para que se abran por todas partes brazos dispuestos a acogerla? El secreto reside precisamente en su autosuficiencia, su libertad frente al medio, y en el hecho de que descansa por entero en sí misma. Todo el mundo en torno a ella vive en estado de dependencia, aferrado por la necesidad a alguien o algo.

Ella sola, entre esos enfermos, esos seres fragmentarios, forma un todo. Orgullosa, encarnizada, no tiene necesidad de nadie, es el comienzo y el fin, el centro absoluto, la mónada perfecta. La maldad que ella se autoriza es el triunfo de esa independencia, la suma de su autosuficiencia, y el secreto de su superioridad metafísica sobre el medio. Nada fascina tanto como esa sustancialidad, esa plenitud esencial. La autora no lo expresa en estos términos, pero –y eso es un gran arte– lo indica sin nombrarlo.

Quizá la autora hubiera podido clausurar ahí su análisis. No obstante, el verdadero análisis aún ha comenzado. Ahora va a levantar el telón de este interieur psicológico, como si se tratase de decorados teatrales, y revelar otro fondo. Las manifestaciones demoníacas de maldad son todavía relativamente inocentes cuando se descargan bajo forma de altercados, de escenas de histeria y escándalos públicos. Pero esta maldad irradia una onda expansiva mayor y más temible. Destroza la vida de su marido, Adam, y permanece suspendida como una fuerza fatal sobre la de sus hijos. En ciertos momentos acaricia la tentación del crimen. Róża juega con la idea de matar a su hijo, de provocar la muerte de su hija. La autora ya no oculta entonces que algo está desajustado en su personalidad, que la maldad se equivoca de objeto, que busca satisfacerse en un terreno que no es el suyo. Todos sus actos irresponsables y desesperados constituyen gestos dirigidos hacia otra cosa, signos demostrativos que se equivocan de dirección. La autora nos hace penetrar entonces en otra dimensión del psiquismo, donde reinan otros mecanismos, otras motivaciones.

Es el reino del subconsciente. Kuncewiczowa ha tenido la excelente idea de utilizar una técnica análoga a la de las asociaciones libres en una sesión de psicoanálisis. Ya en las primeras páginas pasaba de contrabando, sin insistir, de incógnito, el nudo esencial de esta vida, evocando de forma anecdótica una escena casi perdida en la noche de una lejana adolescencia: Róża, muchacha salvaje de Taganrog, llena de curiosidad por la vida, cerca de la estufa, al lado de Michał, escucha estas palabras que la arrebatan: diese, diese, o ja, wunderschöne Nase y esas palabras contienen el fatum de Róża. ¡Tan insignificante puede ser en el lenguaje de la conciencia lo que otorga inconscientemente todo su sentido a una vida! Tal es el texto del destino de Róża, el verso que ella leerá una y otra vez, con una entonación siempre diferente, siempre más cerca de comprenderla, hasta que accede a su plena claridad, pero cuando ya es tarde para ella.

Todo lo que su existencia escribirá después sobre ese texto, no es más que un palimpsesto que enreda el verdadero sentido, que contiene toda la tragedia y toda la felicidad de Róża. Esas palabras la despertaron a su propia vida e hicieron de ella una mujer. Pero cuando más tarde Michał, el único amor de su vida, la abandone, su feminidad volverá a cerrarse, y se refugiará para siempre tras esas palabras fatales.

El psicoanálisis conoce bien esas concentraciones de energía psíquica, cortada, sin salida, de ciertas palabras, pensamientos o acciones convertidas en una ley. Pero la cuestión estriba en saber si las experiencias del psicoanálisis pueden ser objeto de obras literarias. Me parece que la deducción psicoanalítica no es bastante convincente para quien no está iniciado; los procesos inconscientes tienen una lógica distinta a la que nos ha acostumbrado la literatura. El argumento decisivo en una novela no es la verdad, sino lo verosímil. Aunque verdaderas, las revelaciones del psicoanálisis serán aún durante mucho tiempo letra muerta para los espíritus no habituados a su lógica. Quizá un día el psicoanálisis aparezca en la novela, pero será necesario, tal vez, que nuestra introspección esté suficientemente impregnada de sus métodos para que podamos coger en flagrante delito al inconsciente en sus actos. La novela de Kuncewiczowa contradice sin embargo tales pronósticos. Supone una prueba de que el psicoanálisis está maduro desde hoy para entrar en las letras. Sospecho sin embargo que eso no puede hacerse sin una cierta falsificación de los procesos inconscientes, en la medida en que se encuentran artificialmente clasificados en la jerarquía de las formaciones psíquicas, y próximos en su estructura de los procesos y formaciones conscientes: lo que creo además admisible y al mismo tiempo necesario, en beneficio de la inteligibilidad. Pero volvamos una vez más al acontecimiento decisivo vivido por Róża en su adolescencia. Éste le ha dado el instrumento con el que aprende a descifrar su vida. Y cuando vuelve a ser recuperado, ya no ha querido ningún otro. Ninguna contra-proposición le pareció aceptable para interpretar el mundo. Su vida se cerró en ese lugar, como bajo el efecto de una glaciación. Todo lo que en adelante le ocurre: matrimonio, niños, con su desarrollo y su felicidad –lo esencial, habitualmente, de una vida de mujer–, le resulta extraño, exterior e impropio. De ahí su miedo a la muerte, que pierde su sentido al no ser la sanción de un destino realizado.

A la vida cogida en la trampa del complejo le queda aún, sin embargo, un camino hacia la libertad: la sublimación, el arte, la ambición y el reconocimiento. Róża intenta escapar a esa trampa por todas esas brechas. Sus tentativas más dramáticas de un libre vuelo se dan en el ámbito musical. Róża es en efecto una violinista de talento, pero tiene una formación insuficiente. Es un espectáculo muy turbador ver a Róża, predestinada por su naturaleza a una vida más plena y más alta, luchar para conseguirla, y por la plenitud de los sentimientos. Esa lucha se encarna en el Concierto en re menor para violín, de Brahms. El pasaje donde Róża, habiendo sondeado el abismo de su destino, se eleva a través de los barrotes de su prisión hacia la plenitud de una noche de luna y sueña su libertad con esa música mitad delirada, mitad interpretada por ella, pertenece a lo más logrado de la prosa polaca. Todavía nadie, en Polonia, ha hablado así de la música. Kuncewiczowa encuentra aquí un lenguaje inédito para expresar las formas de la música, el cuerpo brillante de los sonidos, y alcanza momentos en que se articula con la metafísica.

La vida de Róża no se desarrolla en incidentes y aventuras exteriores, en el mundo real. A pesar de su aparente expansión, de su intensidad, está completamente dirigida hacia el interior. La única aventura verdadera de su vida, el amor de Michał, ha desaparecido entre las brumas lejanas de su adolescencia, como si estuviese fuera del tiempo, fuera de lo real y en una eternidad. Es hacia ella, como hacia una meta imposible de alcanzar, a donde tiende su vida, hacia atrás. ¿Pero podemos resucitar lo que ha pasado para siempre? ¿Podemos revivir lo que fue revocado, anulado, aniquilado? Si flexere nequeo Superos, Acheronta movebo. Para un alma deseante nada es imposible. Róża se debate desde hace tanto tiempo en las redes de su desdicha que finalmente sus fuerzas se debilitan, y su encarnizada pasión sucumbe. Su destino, que quiere realizarse, la vuelve más tierna y conciliadora, más accesible a los compromisos.

Hallándose en Królewiec sobreviene un acontecimiento en su vida. Allí consulta a un médico, y éste se comporta con ella de manera inesperada. En vez de sentirse turbado por la natural hostilidad de Róża y su aptitud intransigente, él la trata con suavidad y ternura. Róża responde con arrogancia y desprecio, y no le da importancia al asunto. Pero tras su regreso a Polonia, rememora el incidente y lo ve bajo otra luz. Esa reflexión se hace en el mismo momento en que el instinto profundo de su naturaleza presiente que llega su fin. Róża modifica la aventura, y la interpreta entonces desde el fondo de su nostalgia. Se imagina que el círculo de su destino se ha cerrado, y que lo imposible, justamente, se ha llevado a cabo. Así, el médico había empleado por azar las mismas palabras que Michał; de sus labios había salido el verbo fatal, el texto de su complejo, y aquello había bastado para avivar la situación clave de la historia de su vida. El médico ha ocupado el lugar de Michał, es Michał. Éste no la ha engañado. Dios escuchó su ruego y lo guardó fiel. Sus hijos son los hijos de Michał. El largo suplicio de su vida con Adam ha sido un largo sueño funesto, del que Róża se despierta, para encontrarse la jovencita salvaje y nostálgica. Toda su vida, su vida no vivida, está todavía allí, delante de ella, intacta.

Las palabras de Michał y la situación que ellas señalan son como una especie de modelo fuera del tiempo. La diferencia de época, de lugar y personas no tiene, pues, ninguna importancia para el alma, y desaparece ante la esencial identidad. Róża sólo puede ser salvada por las palabras proferidas entonces, por el verso que fue su anatema; y cuando el destino le niega su ayuda, ella misma crea la escena liberadora, sueña su propia beatificación, en el momento de morir. Róża accede a la gracia. La armadura de su maldad, de su excesiva ambición, de su pasión convulsa por las grandezas, estalla en pedazos. Revoca su existencia pasada, su actitud heroica, sus gestos blasfematorios; desarma y devuelve todo el aparato guerrero de su fuerza vital. “Ni el arte, ni los viajes, ni la riqueza: sólo la sonrisa es indispensable para la vida”, le dice a Marta. “La sonrisa que brota de un corazón satisfecho.”

A decir verdad, esta ensoñación es como una recompensa, una sanción del cielo para que Róża, durante tanto tiempo herida por la existencia, comprenda al fin lo que el destino espera de ella, que cambie y desanude el duro nudo de su obstinación.

He aquí hasta donde debió llegar la autora para resolver el problema de Róża, problema que parecía en los primeros momentos una cuestión psicológica, de un orden bastante simple. Se confirma que al querer sondear el problema del “carácter” más allá de un cierto nivel de profundidad, sobrepasamos el campo de las categorías psicológicas para entrar en el territorio de las cuestiones últimas de la vida. Ese fondo del alma que intentamos alcanzar, he aquí que se entreabre y deja ver un cielo estrellado. Róża ya no es entonces un asunto de psicología, se convierte simplemente cuestión del hombre, el proceso del hombre, que se desarrolla desde hace siglos delante de un tribunal supremo.

A este caso clínico, a esta sesión de psicoanálisis, se mezcla subrepticiamente la eternidad. El laboratorio del psicoanálisis se transforma en teatro de una escatología.

Una prolongación del psicoanálisis más allá de sus fronteras, hacia el territorio de los grandes problemas humanos –donde su dialéctica se hace más ambigua y vacilante–, tal es el sentido, para acabar, de este gran análisis: cúpula que remata todo este edificio complejo y rico de tensiones.

Quisiera dedicar todavía algunas palabras a la composición de la novela. Rica, sí, compleja, anudada por múltiples nudos, ofrece un ejemplo de articulación de una forma y un contenido, y de lo que debe ser la función de una forma: permitir una mediación en las disitintas direcciones de ese contenido. Evoca en muchos aspectos la estructura estratificada del sueño, y sus lecturas diversas según diversas claves, cada una revelando un sentido más profundo de la “cosa” única.

Kuncewiczowa ha dado inconscientemente como fundamento a la composición de su libro el esquema de resolución del síntoma neurótico, según el proceso del psicoanálisis. De ahí viene que ciertos leitmotiv se repitan, desaparezcan, vuelvan a surgir, como en la asociación libre dirigida por la dinámica del subconsciente. La composición tiene algo de musical. Los motivos fluyen, regresan en tonalidades diferentes, la narración oscila en alusiones repetidas, en asonancias de ideas, en correspondencias y relaciones secretas que dan el sentimiento, finalmente, de una construcción perfectamente cincelada, de muchas direcciones sin embargo relacionadas, y definidas en momentos recurrentes: como una fuga musical.


Primera edición:
Pion, nº 17, 1936.

Reimpresión, entre otras, en:
Bruno Schulz, Opowiadania..., p. 386-397.


[Bruno Schulz La anexión del subconsciente en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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