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Florecen las acacias


Al comentar una novela, se suele decir que el autor encerró en ella “toda su vida”, “una parte importante de su vida” o todo “el destino, desde el nacimiento hasta la muerte”. Cuando en realidad la misma suele componerse, tan sólo, de unos cuantos episodios ejemplares, algunos epítomes realistas unidos entre sí con un cierto “sentido”, una idea y un punto culminante; a veces todos esos elementos son escogidos y agrupados de tal manera que encierran una imagen determinada de alguna figura del pensamiento. Se entiende que para llegar a tal “imagen” hay que limitarse a una parte de la vida, hay que atenerse, desde el princicio, a los episodios de la vida libremente escogidos y, por lo mismo, ya no se puede hablar de “toda una vida”. En las novelas de algunos escritores ese sentido se desarrolla como por sí mismo, desde la pulpa de la vida; en otras novelas, el autor interviene en ese proceso, le ayuda a nacer apoyándose en el razonamiento. En ambos casos esa cristalización de la “imagen del pensamiento” supone el mayor atractivo de la narración.

En la novela tradicional se percibe una lógica dualista; la lógica propia del género realista y la lógica de un sentido más profundo: la de la omnisciencia del autor, y ahí reside –debido a las apenas insinuadas transiciones entre ambas, en razón de una cierta concordancia entre las mismas, por cómo se entrelazan y separan–, el propio flujo del pensamiento, que provoca el encanto de ese tipo de narrativa.

La particular originalidad del libro de Debora Vogel, aquello que desorienta al lector y lo desborda, radica en la total ruptura con las formas de la novela tradicional. La autora no se ocupa de los acontecimientos, destinos o caracteres personales, no necesita el género realista para describir la vida como ella misma la conoce. No plasma esos estados de ánimo como si se tratase de sus personales y concretas experiencias, sino que los expresa cuando ya se filtraron por muchos corazones, cuando perdieron su lozanía, cuando ya no son personales ni ejemplares, cuando se convierten en un eco unánime, anónimos, gastados y banales. La autora les confiere ese rango cuando pasan a ser propiedad de todos, de un paseante cualquiera, de la empleada de una tienda o de un muchacho del bar. Entonces para ella se hacen reales, pueden servir de texto para una canción callejera. En este libro no aparece ningún personaje individual, hay un gentío anónimo de maniquíes, bustos de peluquería, paseantes con sus sombreros hongos, manicuras y camareros, perdidos y enredados en el mecanismo de la ciudad, en sus andanzas por la calle, figuras sin rostro ni individualidad.

La escritora comparte con la visión constructivista del mundo impuesta por el moderno arte plástico ese aspecto del hombre degradado a maniquí, a juguete mecánico, a bola en vez de cabeza, con su sombrero hongo. Se trata, al parecer, de la consecuencia más nueva del urbanismo, una transposición de la estadística, la ley de los grandes números, de la atomización actual: una visión de la vida y de la biología de las grandes aglomeraciones urbanas. Y en esa degradación, en esa resignación de lo individual hay un pathos spinoziano, una rendición monumental y melancólica ante la mecanización de la vida, cierto determinismo que lo domina todo. En ese mundo de átomos humanos que se mueven por impulsos primarios no hay lugar para los destinos individuales, existen tan sólo destinos típicos, movimientos preestablecidos desde hace siglos, estados cíclicos y recurrentes. En torno a esos maniquíes extraviados en el desierto de las calles surge un patético mundo geometrizado, de masas y pesos. En esta novela se habla de “una superficie blanca y espaciosa”, y éso es tratado como un acontecimiento; de paredes que son: “densas, como nostalgia y calor tórrido”; y de paredes: “mas blancas que en la realidad, en estos días modelados por un cielo gris y la esperanza...” Parece como si estuviésemos dentro de un paisaje surreal, donde hay edificios planos y sin ventanales con sus correspondientes rótulos, bajo un cielo lacado y de cartón que asedia una luz remota, y esa extraña impresión de que todo está ya predestinado. Ese mundo de colores, de rótulos y letreros de pacotilla, de metales y masas geométricas, obediente al paso de su propio calendario, conforma una escena en movimiento de la vida, expresa con sus transformaciones el sentido de la misma, los flujos y retornos de esas historias siempre latentes en el corazón humano. En ese universo de cartón poblado de maniquíes sin rostro, la autora recapitula historias banales del corazón femenino, recapitula entre paréntesis, como algo muy conocido, como el estribillo de una canción callejera: historias de “corazones partidos para siempre”, de “la mala suerte que se quiere olvidar y con cuyo recuerdo no se puede vivir”, de “destinos fracasados”, de “amores insatisfechos”, y “esperando tiempos mejores, puesto que aún todo puede suceder” y resignarse ante algo “que está ocurriendo ahora”. Y en todo eso impera la trágica monotonía de un mundo ya acabado e inmóvil.

La emoción de la autora nos llega a través de una forma impersonal y anónima, como una melodía insulsa, de expresiones tópicas y banales. La autora parece cautivada por la dulzura de las cosas simples, por ese sabor acre y a punto de marchitarse.

Es un libro difícil de desentrañar y muy femenino, femenino en lo que se refiere a los sentimientos y a la psique, y femenino en su ritmo vegetativo, en la extracción de las pulsaciones cósmicas, de los periodos y fluctuaciones de un ser unido al ritmo del universo. Algunos lectores y críticos han visto en esta obra alguna analogía con Las Tiendas de Canela Fina. Esas sugerencias demuestran poca perspicacia. En realidad, este libro presenta una filosofía original y muy diferente de la percepción del mundo.

Una visión personal e innata del mundo, molecular, de cada sentimiento, ya es –según S. I. Witkiewicz– un don que en el momento de nacer trae consigo un verdadero poeta. Este libro contiene y está impregnado precisamente de esa percepción. Podríamos decir que es un ejemplo típico de la percepción poética del mundo alcanzada con escasos medios exteriores. La autora carece de talento realista, y el mismo hecho de reunir el material necesario para poder ejemplificar su tesis parece para ella una tarea casi imposible, pero esas dificultades, esa resistencia, esa noble abstinencia e incapacidad para asimilar el contenido exterior, aseguran la pureza de su visión. Al parecer, la autora carece de rasgos secundarios como la astucia, la malicia, la facilidad de manipulación, que caracterizan a los talentos fáciles y superficiales; quizá seduce al lector no a primera vista, sino de pasada, independientemente de sus intenciones, como de manera involuntaria. Posiblemente no nos convenza de todo cuando en ese proceso cósmico, en la mecánica de ese mundo sitúa los episodios sentimentales de un corazón femenino, y, posiblemente también bajo esa forma abstracta y anónima, la dinámica de esos sentimientos no llegue a conmovernos demasiado, pero sin embargo, fue capaz de acumular tanto contenido nuevo e inesperado, tantas revelaciones de una visión sumamente original –difícil de comparar con otra– que, aunque tal vez sin conseguir sus propósitos finales, y llevando al lector por caminos secundarios, cumplió su cometido.

Florecen las acacias resulta ser un empeño muy sugestivo, original y nuevo, precisamente porque no le ha servido a la autora de experimento, sino que resultó ser un deber con el que tuvo que cumplir. La audacia de esta obra estriba no en los detalles nuevos ni en la visión nueva de lo ya conocido, sino en la sustancia misma de su prosa, en su género narrativo. Diríamos que la prosa tradicional se basa en el principio de que el mundo se mueve, de que algo ocurre, se detiene o fluye, y tiende a alguna resolución. La prosa de Debora Vogel es una adecuación a un mundo acabado ya para siempre, inmóvil y mecanizado.

El movimiento es aquí tan sólo una ilusión, una quimera de esos seres-maniquíes, de esos seres-autómatas, la narración es solamente apariencia, un truco, que se desarrolla al lado de la visión trágica e inmóvil de ese mundo. El texto se acompaña de adecuadas y bellas ilustraciones surrealistas de Henryk Streng, cuya creación plástica, rica y original, aún es poco conocida.


Primera edición:
Nasza Opinia, nº 72, 1936 [reseña del libro de la escritora Debora Vogel, amiga de Schulz (1905-1942), editorial Rój, Warszawa 1935]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Republika marzeń..., p. 59-62 [sobre la amistad de Schulz con Debora Vogel véase el comentario de Jerzy Ficowski en: Bruno Schulz, Księga Listów, p. 169-170]


[Bruno Schulz Florecen las acacias en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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