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Hierba nueva, de Giono


Obra deslumbrante. Giono no describe la naturaleza, ofrece equivalentes exactos, donde se condensa toda la carga del cielo, de la llanura, del viento, del flanco desierto de la montaña. Todo vive en su obra, todo huele y se mueve: el fuego en la chimenea, el viento de primavera, pero también el yunque y el arado. No ignora nada de la fisonomía, de las costumbres y los caprichos de las cosas, cuando están solas ante sí mismas o cuando se ha permanecido mucho tiempo con ellas sin hablar; tampoco ignora nada del alma del árbol, de la corteza, del agua o del aire. Ese destello de las cosas, que brilla en ellas cuando no se las mira, Giono sabe atraparlo entre sus dedos y llevarlo a las páginas del libro, de una manera viva, ondulante, resplandeciente. El libro arde entero con ese fuego que envuelve las cosas, que se escama y mana sobre ellas.

Giono no sólo tiene comprensión para las cosas y los elementos. También conoce al hombre. Lo conoce en sus grandes y elementales manifestaciones, en sus explosiones; lo conoce en lo más profundo, ahí donde una inmensa soledad lo separa, –como al grano–, de la vaina de las futilidades, donde los vientos de una montaña desierta lo despojan de toda su ganga externa, de toda su acumulada mezquindad. Allí, en el desierto, cara a cara con la naturaleza, los hombres devienen simples y homogéneos como el agua, la tierra y el viento.

En la linde del macizo montañoso de los Alpes, al pie de una gran llanura cubierta de enebros, hay un pueblo abandonado: Aubignane. La montaña destrozó las casas, derrumbándose como una avalancha, y los habitantes huyeron, abandonando sus moradas y granjas. El pueblo se quedó desierto. Pero después de haber avanzado algo más de una decena de metros, la curva del nivel se estabilizó. Entre las ruinas de las casas abandonadas aún permanecen tres solitarios: el anciano herrero, el cazador Panturle y la vieja Mamèche.

En un momento dado, el indolente anciano abandona el pueblo y parte hacia el sur, para reunirse con su hijo; a su vez, la anciana medio loca emprenderá un viaje errático, después de haber anunciado confusamente que traerá una mujer para Panturle, a fin de que no se extinga por completo la vida en la montaña. Panturle se queda solo. Llega la primavera. “Una fuerza flexible y perfumada corre en la noche. Como un joven animal descansado. Es tibia como la vida bajo el pelo de los animales, de olor amargo. Un poco como el espino blanco. Viene del sur en oleadas y se oye como la tierra habla en ella.”

Esa primavera violenta, rebelde, plena de hechizo, golpea a los hombres y los animales como un relámpago. Los animales pierden la cabeza, se aturden, y el alma humana se vacía y se desvanece como el gran cielo claro de la primavera. Un afilador itinerante asciende cada año, a través de una senda borrosa, a esos lejanos pueblos de montaña. Una muchacha joven empuja la carreta donde van los utensilios.

Panturle la olfatea de lejos, a través de las leguas del espacio, y, cuando ya de noche el viejo afilador se queda dormido, los dos jóvenes se encuentran. Panturle se lleva a Arsule a su morada. Su vida vuelve otra vez a tener forma y sentido. Sus fuerzas hasta entonces inutilizadas, su razón, su astucia, se ponen al trabajo. Comienza a levantar su casa. La lánguida muchacha resplandecerá ahora bajo el influjo de su amor. Una vida nueva brota en las montañas, a la orilla del desierto. La vieja Mamèche cumplió su palabra, aunque ya no regresó de su viaje: puso a una mujer en el camino de Panturle.


Primera edición:
Wiadomości Literackie, nº 5, 1937 [reseña de la novela Hierba nueva, de Jean Giono (1875-1970), traducción de Marceli Tarnowski, editorial Renaissance, Warszawa 1936]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Proza, p. 403-404.


[Bruno Schulz Hierba nueva, de Giono en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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