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Egga Van Haardt


Vive en una ciudad fría y muy pulcra, construida en piedra y rodeada de exuberantes follajes, con sus verjas barrocamente ornamentadas al estilo secesionista. También ella se viste con una elegancia muy personal, un poco artista, cerrando estrechamente el vestido sobre su delgado talle con un ancho cinturón de cuero. Por sus sorprendentes trajes, por sus piernas elásticas, por su pequeña cabeza sutil donde a veces los rasgos se desdibujan para encerrarse en el sublime torso oval de Modigliani, podríamos tomarla por un joven efebo. ¡Qué increíble belleza en la manera de andar de este púber elfo aéreo salido de una comedia de Shakespeare! Quisiéramos coger entre nuestras manos esa silueta encantadora como cogemos el rayo de sol que atraviesa por un instante la ventana, un día de invierno. Quisiéramos que subiese hasta el alma, como por un paisaje, corriendo sobre las manos.

¿Pues dónde se encuentra el teatro, la escena hacia la que ella se apresura radiante por una escalera sin fin –e inumerables veces rota–, toda sonrisa, y misión, y mensaje, sino en el fondo de nuestra alma? Esa es la escena, ese el teatro donde ella interpreta. Y he aquí que ya ha comenzado su papel, ya ha entrado en la acción. Ya está metida en la urdimbre de la fábula y desarrolla en el escenario el arabesco de su juego, infinidad de quimeras donde ella vuela en relámpagos sobre las cimas del futuro.

¿Es Egga humana? ¿Qué significa “ser humano”, ese continente infinito donde todo se puede meter? Significa que hemos convertido en acto lo posible, que por un momento hemos aceptado un límite, y admitido una convención. Pero en esos mismos límites, hay lugar para todos los cielos e infiernos. ¿No demostraban los antiguos mayor sabiduría cuando ponían el acento en el contenido más que en la forma? El contenido hacía estallar la forma humana: recorría toda la escala de la mitología. Por todas partes los antiguos veían nacer dioses. ¿Quién eres, entonces, Egga? ¡Trata de acordarte!

A estas palabras sólo responden sus cejas que se levantan en un óvalo puro, como de sílfide, y el fulgor de sus ojos se llena con una bruma soñadora. ¿Qué signo podría decir más claramente quién es ella y de qué mundo viene, que esa sonrisa de narcotizante dulzor más dura que la piedra? Es la misma sonrisa con la que los herejes respondían al interrogatorio de los inquisidores, y resistían a las torturas.

¿Qué hacer si Egga no está toda entera encerrada en su forma, y si puede volver a lo elemental, fluctuando libremente hacia el gran todo? Sí, Egga sabe más de lo que pudo aprender en tal o cual tiempo, pues ella participa del origen. A su lado los objetos se traicionan: el armario taciturno suena como golpeado después de años de silencio, y la mesa pronuncia una palabra enferma. ¿Por qué atormentáis a Egga, por qué la empujáis a las complejidades de los asuntos humanos y las ilusiones de la sociedad? ¿No veis cómo se siente al margen en esas convenciones? Cuando está sola, su sangre se pone a danzar, se ramifica en un gran espejismo que palpita confusamente, vibrando con todas sus ramas. Apenas éste se separa de su cuerpo, y se cierra en un círculo, ella ya está quemada; se deshace como una hoja alcanzada por la llama, y que se convulsiona en un negro arabesco.

¿Comprendéis lo que dice la lengua del fuego, ardiente y penetrante, en su persuasión? Habla con todo su ser, todo su cuerpo enuncia lo que ella expresa, una forma, una silueta tras otra, ardiente palabra, nacimiento loco, repetición de una plenitud innumerable. ¿Quizá Egga sea Salamandra? En el alabastro de su cabeza brilla una llama blanca, y su óvalo sueña con los ojos cerrados.

Por eso el arte de Egga es tan lunar, como la sangre que circula por los estrechos de sus venas. Ejerce su dominio sobre la tela no a través de la vista, sino de su mano clarividente, el órgano que suple el ojo del ciego. Quien ha visto la mano de Egga comprenderá que ella no necesita los ojos. El árbol siete veces ramificado de sus venas estalla en criaturas como el árbol de la vida, que fluyen por él. En los tropismos de su sangre Egga porta todas las variaciones rítmicas y todos los matices de la creación. Como en el arca de Noé los animales se desplazan aquí en parejas, pues en el fondo de su sangre está inscrito el registro entero del Paraíso Divino. Ella muerde en la materia sombría y sin color, que desgarra de nuevo según tinieblas y claridad, y al borde de la noche brillan los despojos que se deshilachan y separan de la tiniebla, aspirados por la luz.

¿Eres desdichada Egga? Acaso estás turbaba porque aún nadie ha comprendido, ni apresado el sentido de tus maravillosas dentalladas de luz y oscuridad, de tus arabescos y ornamentos –que yo nunca he visto en ninguna otra persona–, que ningún arte ha engendrado todavía, y con el que disimulas, bajo una máscara púdica o protectora, la síntesis trágica de tus creaciones, limpias de cualquier ilusión como de cualquier sobrecarga inútil de detalle.

Síntesis fatal y única, movimientos de lucha necesarios y consecuentes, que unen como nunca lo sublime admirable de la forma a lo sublime de la expresión, pues el ornamento sólo es el velo con el que cubres generosamente tus criaturas, por miedo a que griten de dolor en el suplicio. Porque tu arte no es feliz. Has puesto en práctica la norwidiana* nostalgia de la belleza.

¿Sufres entonces porque nadie haya comprendido? ¿Porque a algunos les parezca amargo el alimento que preparas? ¿Pero no fuiste tú quien un día me habló con tanto conocimiento de la costumbre, sustituta de la comprensión? A los que no quieren comprender, o pensar, y que encuentran ese alimento indigesto, déjales tu maravillosa, tu encantadora sonrisa: esa sonrisa que, necesariamente, creará la costumbre. Déjales el tiempo, que él te ayudará, te ofrecerá el triunfo –si lo quieres. Pero para quien como tú es bienamada por los dioses y ha encontrado en el arte su propia expresión, sin precursores ni antecedentes, quien como tú se ha abierto un camino a través de una naturaleza virgen entre las peligrosas espesuras de la tradición, y que consigue brillar con su propio esplendor, para quien como tú será celosamente imitada, sí, para ti el triunfo importa poco. Porque tú ya has triunfado, al ofrecerle a la sociedad el mayor tributo: tu propio yo, intacto.

No pueden aceptar que no te alimentes de los ecos de un primitivismo popular; que tu arte se vea impregnado de rasgos universales, y no solamente regionales; que ni la naturaleza ni la fotografía sean tus maestros. Pero de esa forma deberíamos renegar del arte de Oriente, de Egipto y México, igual que del gótico en el que tú te enraizas, y finalmente de ese primitivismo popular tan celebrado, que también se burla de la naturaleza. Sé paciente, Egga, el tiempo engendrará la costumbre, y tu felicidad será la soberbia primavera de tu vida.

En este lugar de piedra, levantado con la presión y las acumulaciones de un poderoso barroco, vives del delirio de tu sangre y conoces los caminos tortuosos y oscuros de la fiebre. ¿Qué dirías tú, Egga, si vivieses en mi paisaje, bajo un inmenso cielo raso, como un velino manto, con los colores y suaves vientos de nuestro clima? Aquí la luz despliega su triste infinito nada más traspasar la última empalizada. Aquí, detrás del borde próximo del horizonte, el paisaje desciende con sus colores hacia los Balcanes. Aquí, quizá tus ojos se abriesen –una línea de ritmo insignificante entre las constelaciones de la noche y lo visible del día–, y quizá también penetraran en ellos los colores del mundo. Te dejarías convencer, tal vez, y aceptarías vivir un instante en la superficie, respirando el aire de un cielo de abigarrados colores, fuera de los subterráneos estrechos de la sangre.


*Cyprian Norwid (1821-1883). Poeta polaco. Su obra literaria es una síntesis de la tradición y la expresión simbolista de corte romántico.

Primera edición:
Tygodnik Ilustrowany, nº 40, 1938.

Reimpresión, entre otras, en:
Bruno Schulz, Proza, p. 409-412.


[Bruno Schulz Egga Van Haardt en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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