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Peregrinaciones de un escéptico


He aquí las deambulaciones y errancias de un escéptico a través de los escombros de la cultura, que recorre un interminable laberinto de cascotes y polvo. Por todas partes el viajero no encuentra más que ruinas, socavadas en todos los sentidos por el escalpelo incansable del pensamiento humano. Mantiene contra el suelo, precavidamente, su bastón de paseante, y se detiene apoyándose en él, después rebusca con melancolía entre los escombros: problemas sobre problemas, fragmentos, esquirlas, despojos de problemas. Aquí una cabeza arrancada lanza su mirada oblicua, allá una pierna rota sale de entre los escombros del suelo y cojea sola entre el montón de despojos. Esos restos mutilados vibran todavía con un débil movimiento de vida, y, aproximándose unos a otros, se unen, aún se mueven. Al viajero le gusta reconstituirlos, reconstruirlos, pero la cabeza no siempre va a encontrar el torso que le conviene. Así nacen los monstruos, y él se divierte y rie por lo bajo cuando las extrañas criaturas se disputan las cabezas cambiadas. Se frota las manos con placer cuando consigue provocar un caos general, un carnaval de malentendidos, una Babel de ideas disparatadas. Se regocija haciendo de árbitro de las disputas entre esos fantasmas problemáticos, y los juzga, pero aviesamente, con mala fe, y con la sola intención de llevar todo el asunto al punto más alto del absurdo. Es de suponer que reivindica esos restos mutilados en nombre de una idea, pero –¡ay!– cuídese la elegida. A ésta acabará estrángulándola entre la acumulación del contenido reivindicado.

Otro escéptico, de una generación anterior –anciano de barba gris, en camisón de dormir– caminaba también por los espacios de la cultura. ¡Cuanto más humano era su rostro que el del kobold 1 que le ha sucedido! También él estaba alcanzado por el mismo mal, portador de gérmenes de la misma fiebre, pero su escepticismo era una enfermedad infantil, una especie de varicela, de la que uno se cura. El mundo en el que creía apenas estaba descompuesto en la superficie, resquebrajado por una fina capa de enmohecimiento enfermo. El cuerpo de los dogmas esenciales todavía permanecía intacto. El sabio anciano aún no poseía el pérfido conocimiento de las ciencias de la naturaleza, y alimentaba una fe ciega en el átomo y en la materia. Su idea del mundo, comparada con la de nuestro kobold, aún tenía proporciones mensurables según las categorías del pensamiento humano. Desde entonces, el mundo pasó por numerosas cribas, y, poco a poco, fue perdiendo su consistencia: el freudismo y el psicoanálisis, la relatividad general y la física de las partículas, los quantas y la geometría no euclidiana. Lo que surgió de esas cribas es un mundo que ya no se parece al mundo, una especie de plancton de contornos imprecisos y vacilantes.

En cuanto al kobold, opera más abajo que su precedesor en el reino submarino del escepticismo. Ahí impera la monótona penumbra de las profundidades abisales, no alcanzada por los contrastes de la luz; la presión de miles de atmósferas hace salir los ojos de sus órbitas, pero también regula y equilibra la gravitación. Ahí perdemos cualquier peso, cualquier dirección, cualquier responsabilidad. Ahí nos deslizamos ligeramente y con despreocupación, en un medio denso, con un movimiento osmótico, ondulante como una alga. Es la calma de un profundo silencio, como después de la explosión del universo. Recordamos confusamente la terrible catástrofe cósmica, en la que se perdió trágicamente el intrépido titán Witkacy. Después, quizá hayan transcurrido siglos.

¿Por qué milagro nosotros hemos salido sanos y salvos? ¿Seremos ya para siempre peces en las aguas profundas? ¿Acaso yace en los fondos marinos el derrumbamiento del problema, y nuestro errante se mueve como un escarabajo por los bajos fondos, iluminando el camino con la fosforescencia de su cerebro? ¿Cómo ha podido sobrevivir a la catástrofe, llegar a esa despreocupada simbiosis con el virus parásito del agnosticismo? ¿Y de dónde saca su ligereza, su humor negro, cómo se ha desprendido del peso de lo serio y la responsabilidad para convertirse en ese derviche de los fondos abisales? Quizá –hagamos esta revelación en voz baja–, ¿quizá es un muerto? Él ha sobrevivido a la catástrofe, pero como sobrevive un cadáver; es la manera más simple, y eso lo explicaría todo: la ligereza, la acrobacia gratuita, la audaz prestidigitación carente de peligro. A los muertos no les cuesta ningún esfuerzo. ¿O acaso sea, a pesar de todo, como un convaleciente que ha vuelto desde los confines de la muerte? ¡Qué dificil es, en esa frontera, distinguir al que vuelve a la vida de quien está muerto! Se parecen en ocasiones como dos gotas de agua. También los convalecientes tienen esa ligereza, esa despreocupación irresponsable. En el más allá de donde ellos vienen se desembarazaron de todos sus fardos. Mueven sus miembros como por juego, por placer, el placer de usar de nuevo los órganos perdidos. Están siempre al borde de la muerte y la tientan. Una nostalgia nueva de la aventura, de lo desconocido o lo inexplorado inflama su pecho con un extraño suspiro.

Y quizá eso esté bien, que todo se haya derrumbado, que nada sacro perviva –lugares, leyes y dogmas–, que todo sea permitido y que todo esté por acontecer, que podamos por una vez levantar las ruinas según nuestro propio capricho, nuestro placer, según la quimera que aún está por llegar.


*kobold (del alemán) – en la mitología germana, en las creencias populares: pequeño duende protector, que se ocupa de custodiar tesoros escondidos bajo tierra. Aquí: ser grotesco, muy apto para gastar bromas maliciosas. Schulz percibe de tal manera al autor de esta obra.


Primera edición:
Tygodnik Ilustrowany, nº 6, 1936 [reseña de la novela Música nocturna, de Aldous Huxley (1894-1963), traducción de Krystyna Szerer, editorial Rój, Warszawa, 1936]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Opowiadania..., p. 425-428.



[Bruno Schulz Peregrinaciones de un escéptico en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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