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I

Por esa época nuestra ciudad se sumía ya en las acostumbradas tonalidades cenicientas del crepúsculo, se guarecía bajo un oscuro brote de moho velloso y musgos del color de la herrumbre.

Inmediatamente después de las brumas ocres de la mañana el día viraba hacia un atardecer ambarino, por unos instantes transparente y dorado, como cerveza, y un poco después se desplazaba bajo las innumerables bóvedas de aquellas noches extensas y salpicadas de color. Nosotros vivíamos en la plaza vieja, en una de esas casas umbrías, de fachadas deslucidas y ciegas, entre las que tan difícil es distinguir unas de otras.

Y eso provocaba continuos equívocos. Si una vez se había confundido el umbral y se subía erróneamente por otra escalera, se entraba en un laberinto de alojamientos desconocidos, de verandas, de corredores inesperados que hacían olvidar poco a poco el fin inicial de nuestra entrada allí, y sólo al cabo de varios días, después de extrañas y tortuosas aventuras, se recordaba con remordimiento, en un amanecer sin tonos, la casa familiar.

Repleto de armarios, de hondos sofás, de espejos empañados y de palmeras artificiales de pacotilla, nuestro piso caía poco a poco en un alarmante abandono, debido sobre todo a la indolencia de mi madre, que se pasaba los días en la tienda, y a la dejadez de la bella Adela de esbeltas piernas, quien, al saberse poco vigilada, perdía el tiempo en interminables toilettes, dejando por todas partes rastros de su coquetería, en forma de mechones caídos, peines abandonados, zapatos y corsés que se veían aquí y allá. No se conocía con exactitud el número de habitaciones de la casa, ya que nunca se sabía cuáles se habían alquilado a extraños. En ocasiones abríamos por equivocación una de esas estancias olvidadas y la encontrábamos vacía, su inquilino hacía tiempo que se había ido y en los cajones, cerrados desde meses atrás, siempre hallábamos algo inesperado.

Los dependientes vivían en las habitaciones de la planta baja, y, a menudo, por la noche, nos molestaban los gemidos de sus miedos nocturnos. En invierno, cuando aún la noche era como boca de lobo, mi padre bajaba a esas habitaciones frías y oscuras, expulsando a los rebaños de sombras con su vela. Iba a sacar a los que roncaban de su sueño de piedra.

A la luz de la vela, se quitaban perezosamente de encima las sábanas arrugadas, y, sentados al borde de la cama, balanceaban sus pies desnudos y feos, y, con los calcetines en la mano, se abandonaban por un instante al deleite de bostezar sin reparos, prolongado hasta los límites del más inmenso gozo –como fuertes vómitos–, que el paladar apenas soportaba.

En los rincones se ocultaban, inmóviles, inmensas cucarachas que parecían más grandes debido a la sombra que sobre ellas proyectaba la vela, y esa sombra ni siquiera las abandonaba cuando aquellos troncos planos sin cabeza empezaban a correr, repentinamente, con su insólito desplazamiento de artrópodo.

Por aquella época la salud de mi padre comenzaba a deteriorarse. A veces, durante las primeras semanas de ese invierno precoz, se pasaba días enteros en cama, rodeado de frascos, medicamentos y libros de cuentas que le traían de la tienda. Aquel peculiar olor acidulado de la enfermedad se depositaba, poco a poco, en el fondo de la habitación, mientras que en los tapices de la misma parecía más densa y oscura la trama de sus arabescos.

Al anochecer, cuando mi madre regresaba de la tienda, mi padre se animaba, predispuesto a discutir, reprochándole algún descuido en su forma de llevar las cuentas. Entonces, sus mejillas se coloreaban y su excitación, que iba a más, terminaba por sacarlo de quicio. Recuerdo que una vez, al despertarme en mitad de la noche, lo vi correr, descalzo y en camisón de dormir, de un extremo a otro del largo sofá de cuero, manifestando de esa forma su disgusto ante mi madre, completamente desamparada.

Pero otros días estaba calmado y sereno, y se sumía en sus libros, totalmente perdido en los complicados laberintos de sus cálculos. Lo vuelvo a ver a la luz parpadeante de la lámpara, acodado entre los almohadones, bajo la gran cabecera labrada de la cama, con su inmensa sombra balanceándose sobre la pared en una meditación triste y silenciosa.

En ocasiones levantaba la cabeza de sus cuentas, como para tomar aliento, abría la boca, movía con desagrado su lengua seca y amarga, y miraba en torno suyo como si buscase algo.

Otras veces, y, después de ese repertorio de gestos, descendía silenciosamente de la cama y se dirigía hacia un rincón de la estancia, hasta una pared donde se encontraba el objeto que más apreciaba: una especie de clepsidra de agua o de gran ampolla de cristal, dividida en onzas y llena de un líquido oscuro. Mi padre se unía a ese aparato mediante un largo tubo de goma, como a través de un sinuoso cordón umbilical, y, así, unido a aquel inquietante artilugio, se quedaba inmóvil en su soledad. Su mirada se hacía más sombría, mientras que a su empalidecido semblante asomaba una expresión de dolor, o tal vez de culpable voluptuosidad. Después volvían los días de silencioso trabajo, alterados de vez en cuando por solitarios monólogos. Sentado de aquella forma bajo la luz de la lámpara de petróleo, entre los almohadones de la enorme cama, y cuando la habitación se llenaba de la oscuridad que proyectaba la umbra y se unía con la amplia noche tras los cristales, mi padre, sin abandonar su ensimismamiento, veía que el espacio circundante lo rodeaba con un sin fin de pulsaciones, ruidos y silbidos. Asimismo, percibía una inmensa conjuración de guiños urdirse entre los arabescos de los tapices; y, a veces, llegaba a parecerle que aquellos arabescos se convertían, súbitamente, en orejas que escuchaban o en oscuras bocas que sonreían.

Entonces se concentraba más en su trabajo, contaba, sumaba, volvía a contar, temeroso de verse desbordado por la ira que crecía en él, tratando de domeñar el deseo de volverse hacia atrás, repentinamente, y de atrapar con la mano un puñado de aquellos ojos y orejas que la noche sembraba, que incesantemente se multiplicaban en nuevos brotes surgiendo del ombligo materno de la oscuridad. Únicamente se tranquilizaba cuando, ya avanzada la noche, los tapices se marchitaban, perdían sus hojas y sus flores y dejaban entrever, a través de sus ramas desnudas, la lejana aurora.

Entonces, entre los gorjeos de los pájaros hilvanados en los tapices, en el amanecer oropimente del invierno, caía durante algunas horas en un sueño negro y sin fondo.

Durante esos días y semanas en que parecía profundamente sumido en las complicaciones de sus cuentas corrientes, su pensamiento exploraba secretamente el laberinto de sus entrañas. Entonces contenía la respiración y escuchaba. Y cuando volvía a recuperar esa mirada interior, ahora más pálida y perturbada, la confortaba con una sonrisa. Aún no podía creerlo y rechazaba, como absurdas, aquellas fatamorganas, aquellas ilusiones que le acechaban.

Durante el día se entregaba a tristes meditaciones, a largos monólogos en voz baja, entrecortados por instantes de humor y altercados maliciosos. Pero por la noche aquellas voces se hacían más insistentes. La exigencia era imperiosa e irresistible y nosotros le oíamos hablar con Dios, ora suplicando, ora jurando o rechazando sus acuciantes pretensiones.

Hasta que una noche aquella voz se elevó, ineluctable, exigiendo que mi padre le ofreciese testimonio por su boca y sus entrañas. Y oímos entrar en él al espíritu; le oímos levantarse, descarnado, agrandado en su ira de profeta, sofocado por las estruendosas palabras que expelía como una mitralieza. Oíamos el fragor de aquella lucha y los gemidos de mi padre, titán con la cadera rota que aún se atrevía a desafiar a los dioses.

Nunca vi a ningún profeta del Antiguo Testamento, pero aquel hombre abatido por la cólera divina y agachado sobre un gran orinal de porcelana, envuelto entre una nube de gestos desesperados que apenas una voz áspera y como extraña dominaba, me hizo comprender la ira divina de aquellos venerables santos.

Era un lenguaje tan amenazador como el del relámpago. Rasgaba el cielo con los desordenados gestos de sus brazos, y, a través de aquellas desgarraduras, aparecía el rostro de Jehová, inflamado de cólera y escupiendo injurias. Aun sin mirar, yo vi cómo aquel Demiurgo amenazador, recostado sobre las tinieblas como sobre un monte Sinaí, agarrado con sus poderosas manos a la cornisa de la ventana, pegaba su rostro inmenso a los cristales altos contra los que aplastaba su nariz de monstruosa carnosidad.

Oía esa voz en los intervalos que hacía mi padre en medio de su retahíla profética; oía, también, la ardiente batahola de sus labios hinchados que estremecía los cristales y se mezclaba con las amenazas, las lamentaciones y los insultos de mi propio padre. En ocasiones, las dos voces bajaban su tono hasta convertirse en un murmullo, y su querella recordaba el soliloquio monótono del viento en las chimeneas nocturnas; mas, después, volvían a explotar en una enorme algazara, en un vendaval de sollozos e insultos. Pero súbitamente la ventana se abrió como un hiato negro, y un manto de oscuridad invadió la habitación.

A la luz de un relámpago vi a mi padre como suspendido en el aire, con su camisón de dormir completamente desplegado, que, con una abominable blasfemia en su boca, arrojaba con todas sus fuerzas el contenido del orinal en las tinieblas, que zumbaban allá fuera como una concha.


II

Mi padre desaparecía poco a poco, se marchitaba a ojos vista.

Apoyado entre los almohadones, con la cabeza salvajemente erizada de cabellos grises, hablaba consigo mismo, en voz baja, sumido en especulaciones misteriosas. Como si su personalidad se hubiese escindido en más de un yo, diferentes y hostiles, ya que discutía enconadamente con sus interlocutores imaginarios, llevando a cabo apasionadas conversaciones, ora tratando de convencerles ora suplicándoles, y después, como si presidiese una asamblea de accionistas, reconciliándose con dulcedumbre y habilidad. Pero, cada vez, las tormentosas asambleas en que se mostraba excesivamente apasionado se disolvían entre maldiciones e insultos. Después vino un periodo de calma y serenidad.

Aparecieron de nuevo los grandes foliant de cuentas sobre la cama, sobre la mesa y el suelo, y a la pálida luz de la lámpara reinaba una paz benedictina por encima de la sábanas blancas y de la cabeza inclinada de mi padre. Pero al anochecer, cuando mi madre regresaba de la tienda, él se animaba y la llamaba desde su habitación para mostrarle con orgullo las hermosas calcomanías con que había adornado el libro mayor de cuentas.

Hacia esa época hicimos todos una observación idéntica y casi simultánea, es decir: que mi padre menguaba día a día como una nuez que se va secando dentro de la cáscara.

Mas, esa lenta disminución no iba acompañada de una debilidad general; parecía, por el contrario, que mi padre mejoraba de salud, de humor y vivacidad.

Ahora soltaba risas leves, o se alborozaba y golpeaba la madera de la cama, diciendo “¡Entre!” en diferentes tonos, durante horas y horas, sin cansarse. De vez en cuando se levantaba de la cama, subía a la parte alta del armario, y, allí, agachado, ordenaba las antiguallas llenas de polvo y herrumbre.

A menudo se colocaba entre dos sillas y apoyándose en los respaldos se balanceaba de atrás hacia delante, buscando con una mirada pícara un signo de aprobación y admiración en nuestros semblantes. Parecía totalmente reconciliado con Dios. A veces, durante la noche, aparecía tras la ventana del dormitorio el rostro del Demiurgo barbudo, como aureolado en una luz purpúrea de fuegos de bengala, y, entonces, deslizaba su mirada bondadosa sobre mi padre, cuyos ronquidos parecían deambular a lo lejos, en las ignotas dimensiones de los mundos del sueño.

Durante los días crepusculares de aquel invierno mi padre se hundía con frecuencia en los trasteros más polvorientos, como si buscase en ellos, febrilmente, alguna cosa.

Y ocurría entonces que, hacia el mediodía, cuando nos sentábamos a la mesa, él no daba señales de vida. Mi madre tenía que llamarlo varias veces –“¡Jakub, Jakub!”– y golpear con la cuchara sobre la mesa para que se dignara finalmente a salir de un armario, cubierto de polvo y telarañas, con la mirada extraviada, ensimismado en asuntos que sólo él conocía.
Frecuentemente subía hasta la cornisa de la ventana y se asomaba por ella, en simetría perfecta con el enorme buitre disecado que colgaba al otro lado de la pared. Se mantenía inmóvil en aquella postura durante horas, con la mirada turbia y una malévola sonrisa en los labios, y cuando alguien entraba en la estancia, movía las manos repentinamente como si agitara unas alas y cantaba como un gallo. Poco a poco dejamos de prestar atención a las extravagancias en que se encerraba. Liberado, según parecía, de todas las necesidades, se pasaba semanas enteras sin probar alimento, cada vez se hundía más en sus asuntos extraños y complicados que nosotros éramos incapaces de comprender. Inaccesible a nuestros ruegos como a nuestras reprimendas, respondía con fragmentos de un monólogo interior cuyo curso no podía ser interrumpido de ninguna manera. Constantemente atareado y sobreexcitado, con sus colores enfermizos en las mejillas, no nos prestaba atención ni tampoco nos oía.

Nos acostumbramos a su inofensiva presencia, a su silencioso encono, a aquel balbuceo infantil dirigido a su interior, y que se situaba al margen de nuestro propio tiempo. Por esa época desaparecía en ocasiones durante varios días y se perdía en los rincones más apartados, de tal modo que era imposible encontrarle.

Sus desapariciones dejaron de impresionarnos, y, cuando transcurrido un cierto tiempo reaparecía, empequeñecido en algunas pulgadas y más delgado, el hecho ya no nos interesaba. Dejamos pura y simplemente de tenerlo en cuenta, pues se había alejado totalmente de todo lo que era humano y real. Nudo tras nudo mi padre se desataba de nosotros; punto tras punto borraba los lazos que le unían a la comunidad de los hombres. Lo que aún quedaba de él, aquel escaso envoltorio carnal y aquel puñado de caprichos extravagantes, podía desaparecer tal vez un día u otro sin que nos diésemos cuenta, al igual que aquellos desperdicios acumulados en un rincón que, cada mañana, Adela bajaba en el cubo de la basura.


[Bruno Schulz La visitación en: Las Tiendas de Canela Fina, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 135 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]






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