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Nemrod


Me pasé todo el mes de agosto de aquel año jugando con un espléndido cachorro, que, cierto día, apareció sobre el suelo de nuestra cocina, torpe y gruñón, todavía oliendo a leche y a infancia, con una cabeza pequeña aún sin formar, redonda y ligeramente temblorosa, con las patas separadas como las de un topo y un pelaje suavísimo y delicado.

Desde el primer momento que lo vi, aquella candela de vida ganó todo el entusiasmo y admiración de que yo era capaz. ¿De qué cielo había caído aquel favorito de los dioses, que se hizo más próximo a mi corazón que los juguetes más bellos? Venturosamente, las viejas mujeres de la limpieza tienen en ocasiones la maravillosa ocurrencia de traer desde los arrabales –a una hora temprana y trascendente del amanecer– un encantador cachorro a nuestra cocina.

¡Ah! Por desgracia, yo aún estaba ausente, sumido todavía en un sueño oscuro, cuando aquella felicidad estaba allí, desamparada, tendida sobre el suelo frío de la cocina, poco apreciada por Adela y los otros domésticos. ¿Por qué no me despertarían antes? Un plato de leche sobre el suelo daba testimonio de los impulsos maternales de Adela, pero también de los momentos pasados, perdidos para siempre, de los placeres de la maternidad adoptiva en los que yo no había podido participar.

Sin embargo, ante mí todo el futuro permanecía abierto. ¡Qué cantidad inagotable de nuevas experiencias y descubrimientos!. Reducido a esa forma simple y cercana de juguete, el secreto esencial de la vida se abría a mi sed de conocimiento. Resultaba sumamente interesante poder disponer de aquella luminaria de vida, de aquella partícula del misterio eterno, en esa figura tan divertida y nueva, que despertaba, a la vez, una curiosidad insaciable y un oculto respeto por aquella transposición inesperada –bajo una forma diferente, animal– del mismo hilo de vida que existía en mí.

¡Animales!, fuente de interés inagotable, ilustración del misterio de la vida, creados para que el hombre descubra su lado humano en sí mismo, se revelen sus dones y la complejidad de su existencia en mil caleidoscópicas posibilidades, cada una de ellas llevada a un fin paradójico, hasta que podamos ver su resplandeciente corazón. Libre de los intereses egotistas que emponzoñan las relaciones entre los hombres, mi corazón desbordando simpatía se abría a las emanaciones extrañas de la vida eterna, pleno de curiosidad amorosa y solidaria, que, de hecho, era el deseo de conocerse a sí mismo.

El cachorro era aterciopelado, caliente y vibrante con las pulsaciones de su pequeño y agitado corazón. Tenía dos pétalos suaves por orejas, ojos de azur, opacos, y una boca sonrosada en la que se podía meter un dedo sin peligro, unas patas delicadas e inocentes con una conmovedora excrecencia rosa debajo. Goloso e impaciente, las metía en el plato de leche, lamiendo el líquido con su minúscula y sonrosada lengua; después, una vez saciado, se retiraba torpemente, reculando, con una gota blanca temblando en el morro.

Tenía una manera de andar torpe y ladeada, como si rodase en una dirección indefinida, siguiendo una línea algo sinuosa y vacilante. El rasgo principal de su ánimo era un lamento inarticulado y esencial, de orfandad, una fundamental torpeza para llenar el vacío de la existencia abierto entre las sensaciones de las comidas, que manifestaba con vanos y caóticos movimientos, en arrebatos de melancolía expresada por gañidos lastimeros y en su incapacidad para encontrar su sitio. Incluso sumido en un sueño profundo, cuando para satisfacer su necesidad de protección se ovillaba sobre sí mismo, tembloroso, le acompañaba un sentimiento de abandono. ¡Ah, la vida, esa vida joven y frágil surgida de la oscuridad tranquilizadora, del calor del seno materno, para afrontar el vasto mundo extraño y luminoso, cómo se debate, cómo retrocede, negándose con desaliento y aversión a aceptar la empresa que se le propone!

Mas, poco a poco, el pequeño Nemrod (pues ese es el nombre altivo y guerrero que se le dio) comenzó a saborear la vida. La exclusiva fijación por la imagen maternal cedió ante la diversidad y sus seducciones.

El mundo comenzó a tenderle sus trampas: el sabor desconocido y agradable de los alimentos, el rectángulo de sol sobre el suelo donde resulta tan placentero tumbarse, los movimientos de su propio cuerpo, las patas, la cola que lo invita a jugar consigo mismo, las caricias de la mano del hombre, la alegría que madura, colma todo el cuerpo y hace surgir la necesidad de movimientos nuevos y arriesgados, todo eso lo empuja a la convicción, lo lleva a aceptar la experiencia de la vida.

Y algo más, todavía: a pesar de las apariencias de novedad, Nemrod comienza a comprender que todo lo que se le ofrece aquí es algo que ya había ocurrido muchas veces, un número infinito de veces. Su cuerpo reconoce las situaciones, las sensaciones, los objetos. En el fondo, todo eso no le sorprende demasiado. Ante cada nueva situación, se sumerge en la profunda memoria de su cuerpo, y busca a ciegas, febrilmente, y ocurre que encuentra a veces en sí mismo una reacción ya hecha: la sabiduría de las generaciones almacenada en su plasma sanguíneo, en las fibras de sus nervios. Allí encuentra actos, decisiones que no sabía que estaban en él, esperando la ocasión de salir a la luz.

El escenario de su joven vida –la cocina, con sus ollas olorosas, los paños de olores complicados e intrigantes, el runrún de las zapatillas de Adela y sus ruidosos quehaceres–, ya no le asusta. Se acostumbró a considerar la cocina como su dominio, allí está en su casa, y comenzó a formarse a ese respecto un vago sentimiento de pertenencia, de territorialidad.

En ocasiones, un cataclismo se abate inesperadamente sobre él: la limpieza de los suelos. Aquello era como la abolición de las leyes de la naturaleza: torrentes de agua templada por los suelos, bajo todos los muebles, la estridencia amenazadora de los cepillos manejados por Adela.

Mas el peligro pasaba; el cepillo, ahora calmado e inmóvil, había vuelto a su rincón, del suelo rezumaba un agradable olor a madera húmeda. Nemrod, habiendo recuperado sus derechos y su libertad de movimientos sobre su territorio, siente un repentino y violento deseo de agarrar entre sus dientes una vieja manta y sacudirla con todas sus fuerzas, a diestra y siniestra. La pacificación de los elementos lo colma de una indescriptible alegría.

Súbitamente se ha inmovilizado: a una distancia de tres pasos de cachorro se desliza ante él, por el suelo, un monstruo negro que avanza rápidamente, llevado por sus múltiples patas delgadas y retorcidas. Conmocionado, Nemrod sigue con sus ojos la carrera oblicua del brillante insecto, observando con una tensión extrema aquel abdomen plano, sin ojos ni cabeza, la movilidad increíble de las patas.

Al verlo, algo crece en él, se agranda y madura, algo que él aún no comprende, una especie de ira o temor, aunque más bien agradable, acompañado de un estremecimiento de fuerza y agresividad.
Repentinamente se deja caer sobre sus patas delanteras y emite un sonido que no conocía él mismo, una voz extraña, diferente de sus gañidos habituales.

Ladra una vez, y otra, y aún, y todavía un agudo y tembloroso discante.
Pero en vano apostrofa al insecto en ese nuevo lenguaje, nacido de una inspiración súbita, pues en el entendimiento de las cucarachas no hay lugar para tal filípica: el insecto continúa su carrera hacia un rincón de la cocina, con los movimientos consagrados por el rito secular de su especie.

El sentimiento de odio aún no es fuerte, no dura en el alma del cachorro. La alegría de vivir transforma cualquiera de sus sentimientos en júbilo. Nemrod sigue ladrando todavía, pero su tono ha cambiado y se transformó en su propia parodia: intentaba expresar, en el fondo, el increíble milagro de la aventura de la vida, tan llena de encuentros inesperados, placeres y estremecimientos.


[Bruno Schulz Nemrod en: Las Tiendas de Canela Fina, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 135 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]






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