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En un rincón entre las paredes de los cobertizos y los galpones anexos, el patio, en su parte más alejada, acababa en un callejón cerrado a cal y canto, limitado por la letrina, la carbonera y el gallinero: golfo ciego más allá del cual no había salida.

Ese era el cabo más lejano –Gibraltar del patio–, que golpeaba con su cabeza desesperadamente contra una ciega valla de tablas horizontales, cerrándolo como la definitiva pared de aquel mundo.

Sin embargo, bajo los mohosos maderos rezumaban aguas negras y apestosas, una veta de barro grasiento y pútrido que jamás se secaba: único camino que más allá de la ciega valla conducía hacia otro mundo. El fétido callejón sin salida, en su desesperación, había golpeado durante tanto tiempo la cabeza contra la barrera que había desgajado una de las pesadas tablas horizontales. Y nosotros, los muchachos, hicimos el resto: la derribamos, quitamos la pesada tabla mohosa de sus junturas. Así conseguimos hacer una brecha, abrir una ventana al sol. Al poner un pie sobre la tabla, dispuesta como un puente sobre la ciénaga, el prisionero del patio podía deslizarse en posición horizontal por la grieta a otro mundo, vasto y aireado. Allí había un jardín inmemorial y salvaje. Altos perales, manzanos de largos ramajes crecían allí con profusión, envueltos en plateados susurros, en una orla de destellos luminosos. Una vegetación hecha maraña y lujuriante, nunca guadañada, cubría con un vellocino las ondulaciones de la tierra. Había allí simples gramíneas, delgados tallos coronados con el penacho de las espigas; los perejiles y las zanahorias salvajes, de delicadas filigranas; las hojas arrugadas y ásperas de la hiedra y las ortigas ciegas que olían a menta; las hojas de llantén, verjuradas y brillantes, moteadas de herrumbre, enhiestas y mostrando los bohordos de su roja semilla. Aquella era una latitud enmarañada, saciada de un aire suave y traspasada por brisas de azur. Cuando uno yacía tumbado sobre la hierba estaba totalmente cubierto por la azur geografía de las nubes y sus continentes aéreos, respiraba el mapa inmenso de los cielos.

Debido a ese contacto con el aire, las hojas y los tallos se cubrieron de una delicada pelusa, de una suave capa de plumón, de ásperas y tersas púas que atrapaban y detenían las olas de oxígeno. Aquel moho suave y blanquecino le daba a las hojas la misma tonalidad de la atmósfera y ponía en ellas el brillo argentado de las olas de aire: sombríos silencios entre dos reflejos de sol. Una de esas plantas –el diente de león–, amarilla y saturada de jugo lácteo en sus tallos pálidos, hinchados de aire, destilaba a través de sus brotes vacíos solo aire, un plumón de corimbos que eran diseminados al menor soplo y, finalmente, se infiltraban sin ruido en el silencio azur.

El jardín era frondoso, se bifurcaba en varias zonas y tenía diferentes territorios y climas. Por uno de sus lados estaba abierto al cielo lácteo y el aire, y allí ofrecía el más suave, el más delicado lecho de verdor. Mas, a medida que se adentraba en otra región, que se hundía en la sombra entre el muro trasero de una abandonada fábrica de soda y la larga y ruinosa pared del granero, se hacía más sombrío, se tornaba hosco y descuidado; se abandonaba a la aspereza y la suciedad, y se hacía agreste con matas de ortigas, se erizaba de cardos, se volvía sarnoso con todas las malas hierbas, hasta perder toda medida, para acabar en un amplio golfo rectangular entre las paredes, y, finalmente, caía en la enajenación. Ahí el jardín ya no existía, sólo el paroxismo de la locura, una explosión de ira, de impudor cínico y lujuria. Allí, en una orgía liberadora, dando rienda suelta a su pasión, reinaban las silvestres y vacuas cabezas de las bardanas –que, como enormes brujas, descubrían en pleno día, una tras otra, sus ampulosas faldas–, y bajo la exuberancia susurrante de su ropaje ocultaban a aquella tribu de hierbas querellantes y bastardas.
Y esas faldas voraces y túrgidas, se empujaban, se amontonaban y superponían, como una gran arborescencia que llegaba hasta la baja techumbre del granero.

Allí fue donde lo vi por única vez en mi vida, a esa hora tórrida y demente del mediodía. Ocurrió en ese instante en que el tiempo, enloquecido y salvaje, rompe el hilo de los acontecimientos sucesivos y se lanza como un vagabundo que huye entre gritos a través de los campos. Entonces el verano, fuera de control, crece sin límites ni cálculo en todo su alcance, crece con un ímpetu salvaje en todos sus puntos, y se duplica y triplica en otro tiempo, desnaturalizado, en una dimensión desconocida, hasta la locura.

A esa hora se apoderaba de mí un ansia febril por cazar mariposas, una pasión por perseguir aquellas manchas destellantes, aquellos aleteantes pétalos blancos, temblando con erráticos zigzagueos en el aire encendido. Y ocurrió entonces que una de esas pequeñas manchas de color se dividió en dos durante su vuelo, después en tres, y aquel trémolo palpitante, deslumbrador en su blancura, me llevaba como un fuego fatuo a través de la hoguera de los cardos que ardían bajo el sol.

Me detuve en el límite de los lampazos, sin atreverme a penetrar en aquel silencioso abismo; y súbitamente, entonces, pude verlo. Estaba hundido hasta las axilas en- tre las hojas de los lampazos, acuclillado ante mí.

Sus fuertes hombros se marcaban bajo una camisa sucia y los penosos jirones de una levita. Agachado, como dispuesto a saltar, parecía como si se hubiese doblado a causa de un fardo enorme. Su cuerpo tenso jadeaba y su rostro cobrizo, brillando al sol, chorreaba de sudor. Inmóvil, parecía trabajar duramente, forcejear con un peso inmenso que lo paralizaba.

Yo permanecía de pie, inmovilizado por su mirada que me retenía como entre unas tenazas.

Su rostro era el de un vagabundo o un borracho. Una mata de sucias guedejas se enredaba sobre su frente, alta y cóncava como la piedra pulida por el río, pero aquella frente estaba labrada por surcos profundos. No se sabe si el dolor, el sol tórrido de aquella hora, o bien la tensión sobrehumana retorció aquella cara y tensó los rasgos hasta romperlos. Sus ojos negros se clavaron en mí con una expresión de fuerte desesperación o dolor. Aquellos ojos me miraban sin mirarme, me veían sin verme. Eran como dos globos a punto de estallar, transfigurados por un supremo impulso de dolor o por el placer desbordante de la inspiración.

Súbitamente, de aquellos rasgos a punto de quebrarse, surgió un rictus terrible, como fracturado por el sufrimiento, y creció, se cargó de toda la locura o toda la inspiración, se hinchó hasta casi desvanecerse de su rostro, y, finalmente, explotó en un alarido de tos, en un estertor de risa.

Conmovido hasta lo más hondo, mientras la risa brotaba de su poderoso pecho, vi como él se alzaba poco a poco de su acuclillamiento, y, doblado como un gorila, sujetando con las manos sus harapientos pantalones caídos, huía arrastrando los pies a través de la maraña reverberante de hojas de lampazo: Pan sin flauta, retrocedía a grandes saltos atemorizados a sus familiares dominios.


[Bruno Schulz Pan en: Las Tiendas de Canela Fina, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 135 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]






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