Schulz

bruno schulz

opera omnia

inicio cronología obras e-books gráfica pasión schulz maldoror


Todo Bruno Schulz
en español


El Libro
idólatra


Las tiendas de
canela fina


El sanatorio de
la clepsidra


La república
de los sueños


Ensayos críticos

Correspondencia



Las Tiendas de Canela Fina


En la época de los días más cortos y somnolientos del año, atrapados en la urdimbre espesa del crepúsculo, cuando la ciudad se ramificaba en los laberintos de la noche invernal que una brevísima aurora iría a sacar a duras penas de su ensimismamiento, ya mi padre andaba extraviado, sometido y entregado a otra dimensión.

Su rostro y toda su cabeza se cubrían con un exuberante pelo entrecano, que brotaba hirsuto en sus verrugas, cejas y fosas nasales, dándole un aspecto de viejo zorro al acecho.

El olfato y el oído se le habían desarrollado asombrosamente, y la expresión de su rostro, silencioso y tenso, delataba que sus sentidos lo mantenían en permanente contacto con el mundo invisible de los oscuros recovecos, los escondrijos de los ratones, los huecos de las maderas carcomidas del suelo y los tiros de las chimeneas.

Todos los crujidos y ruidos nocturnos, la vida secreta y estridora de los suelos encontraba en él a un observador tan atento como implacable, al mismo tiempo espía y cómplice. Eso lo absorbía hasta tal punto que acababa implicándose completamente en la otra dimensión, inaccesible para nosotros, y que ni siquiera intentaba explicarnos.

A menudo, cuando todas esas veleidades de lo insólito se hacían demasiado absurdas, no podía impedir chasquear los dedos y reír en voz baja, para sí mismo. Entonces lanzaba miradas de inteligencia a nuestro gato, a su vez también iniciado en ese mundo, que levantaba su cara cínica y fría, surcada de rayas, guiñando con indiferencia y tedio sus ojos pequeños y sesgados.

A veces, durante la comida, dejaba a un lado el cuchillo y el tenedor y con la servilleta atada al cuello se levantaba con un movimiento felino, deslizándose sobre la punta de los pies hacia la puerta contigua de la habitación vacía, para mirar con suma precaución por el ojo de la cerradura. Después regresaba a la mesa algo avergonzado, con una incómoda sonrisa, entre rezongos y murmullos del monólogo interior en que estaba sumido.

Para distraerle un poco y apartarlo de sus morbosas investigaciones, mi madre lo sacaba a pasear por la noche, y él la acompañaba en silencio, sin oponerse, pero también sin convicción, como ausente. Uno de esos días fuimos al teatro.

Nos encontrábamos de nuevo en aquella amplia sala mal iluminada, dejada un poco al abandono, llena de apagados rumores y un bullicioso ajetreo. Pero una vez que nos abrimos paso a través de aquel público abigarrado, apareció ante nuestros ojos un enorme telón de un azul desvaído, como si fuese un nuevo firmamento. Pintadas sobre la tela, se podían ver grandes máscaras de color rosáceo, de pómulos hinchados, destacando sobre aquella gran superficie. Aquel cielo imaginario se extendía y fluía a lo largo y a lo ancho, inflamándose con el poderoso aliento del pathos y los gestos desmesurados, con la atmósfera de un universo artificial y colmado de brillo, que se levantaba allí abajo, sobre los crujientes andamiajes del escenario. El temblor que atravesaba aquella cara del cielo, la palpitación por la que las máscaras se agrandaban y cobraban vida, desvelaba ante nuestros ojos lo ilusorio de aquel firmamento y nos acercaba esa realidad que en los instantes místicos sentimos como el fulgor de la revelación.

Las máscaras movían sus párpados rojos, sus labios pintados susurraban algo inaudible, y yo sabía que pronto iba a llegar el momento de la revelación: el enorme cielo del telón se abriría, y, levantándose, desvelaría cosas inauditas y deslumbradoras.

Pero no me fue otorgado asistir a ese momento porque mi padre comenzó a manifestar una cierta inquietud, rebuscó en todos sus bolsillos y, finalmente, acabó diciendo que había olvidado la cartera con el dinero y algunos documentos importantes. Después de un cambio de impresiones con mi madre, una sombra de duda recayó sobre Adela, y, entonces, se me propuso que regresara a casa a buscar la cartera extraviada. Según mi madre, el espectáculo aún tardaría en comenzar y, teniendo en cuenta mi agilidad, podría regresar a tiempo.

Salí a la noche invernosa, destellante por la iluminación del firmamento. Era una de esas noches blancas en las que la bóveda estrellada es tan extensa y ramificada, que parecía estar rota y dividida en un laberinto de diversos cielos y que abarcaba todo un mes de noches invernales, y daba cabida bajo sus argentadas cúpulas a todos los acontecimientos nocturnos, errancias y mascaradas carnavalescas.

En una noche como aquella, enviar a un muchacho con una misión importante y urgente denotaba una cierta irresponsabilidad, casi imperdonable, toda vez que las calles se multiplicaban, se entremezclaban y cambiaban de lugar en la penumbra. En las entrañas de la ciudad, si podemos decirlo así, se abrían calles duplicadas, espejismos de calles, calles engañosas y callejones sin salida. La imaginación, hechizada y perdida en su vuelo, recreaba los planos fantásticos de una ciudad que hace mucho tiempo creía conocer, en los que aquellas calles tenían su lugar y su nombre, mientras la noche, en su inagotable fecundidad, seguía urdiendo sus quiméricas configuraciones. Acaecen y nos salen al paso esas tentaciones de las noches invernales cuando intentamos recortar el camino y tomar un atajo. Entonces, para eludir un complicado recorrido, se busca algún vericueto aún inexplorado. Pero en aquella ocasión sucedió de otra manera.

Después de dar algunos pasos caí en la cuenta de que había olvidado el abrigo. Pensé en regresar, pero me pareció una innecesaria pérdida de tiempo, porque la noche no era fría, sino al contrario, estaba atravesada por corrientes de aire de una rara tibieza, por vaharadas de una irreal primavera. Las apelmazadas y dispersas manchas de nieve parecían ahora blancas ovejas, inmaculado y suave vilano con fragancia a violetas, que se reflejaba en el cambiante espejo del cielo. La luna parecía desdoblarse y multiplicarse en él, mostrando en esa transformación todas sus fases y posiciones.

Ese día el cielo desvelaba sus entrañas, exponiendo como cortes anatómicos las espirales y las vetas de luz, las incisiones de los bloques de añil, el plasma de los espacios, la urdimbre de los delirios nocturnos.

En una noche como aquella no era fácil deambular por la calle Podwale o cualquier otra de las oscuras calles que discurren por la parte trasera de las casas que dan a la plaza vieja, sin tener en cuenta que a esa hora tardía aún están abiertas algunas de las tiendas tan exóticas y fascinantes, que, en otros momentos, no solemos recordar. Y que por el oscuro color de su revestimiento de madera, y por algo aún más insólito, que sólo se mostraba en su interior, llamaré tiendas de canela fina.

Aquellos comercios de acendrada solera, y que permanecían abiertos hasta horas muy avanzadas de la noche, habían sido siempre objeto de mis deseos más ardientes. Sus interiores, poco iluminados, invadidos de penumbra y recogimiento, estaban impregnados de una densa fragancia a pinturas, a laca, a incienso y aromas de países lejanos, a exóticas mercancías. Allí se podían encontrar fuegos de bengala, cofres mágicos, sellos de países hace mucho tiempo desaparecidos, grabados chinos, extracto de indigófera, pasta de Malabar, huevos de animales exóticos, de papagayos y tucanes, salamandras vivas y basiliscos, raíz de mandrágora, autómatas de Nuremberg, homúnculos en tarros, microscopios y telescopios, y, sobre todo, libros raros y curiosos, viejos infolios llenos de grabados maravillosos y deslumbrantes historias.

Evoco ahora a aquellos comerciantes experimentados, imbuidos de gravedad, que con la mirada baja atendían a sus clientes manteniendo un discreto silencio, investidos de conocimiento y comprensión hacia sus más secretos deseos. Había allí, también, una librería, en la que en cierta ocasión hojeé algunas ediciones prohibidas y publicaciones de círculos clandestinos, que revelaban secretos temibles y embriagadores.

¡Qué raras ocasiones se presentaban de ir a aquellas tiendas, y además con la cantidad de dinero suficiente en los bolsillos! Así que no podía perder la que ahora se me ofrecía, a pesar de la importante misión que se me había confiado.

Según mis deducciones, tenía que adentrarme por una pequeña calle lateral, y contar dos o tres más que la atravesaban, para llegar a las tiendas que permanecían abiertas hasta avanzadas horas de la noche. Eso me alejaba de mi objetivo, pero podía recuperar mi retraso atajando por el camino que conducía a Żupy Solne.

La necesidad de deambular por las tiendas de canela fina me ponía alas. Después desemboqué en una calle, al parecer conocida, y corría más que andaba, atento para no equivocar el camino. Así atravesé tres o cuatro calles sin encontrar la que buscaba. Mas, la configuración de las calles no correspondía con la realidad esperada. No había ni huella de las tiendas. Caminé por una calle cuyas casas no tenían ninguna puerta de entrada, donde sólo se veían las ventanas cerradas, cegadas por los destellos de la luna. La calle en cuestión, pensé, debe quedar detrás de estas casas, hacia la fachada delantera. Lleno de inquietud volví a apresurar el paso, abandonando la idea de acercarme a las tiendas. Solamente quería llegar lo más pronto posible a un lugar conocido. Me acercaba hacia el final de la calle, y, con intranquilidad, me preguntaba a dónde me llevaría. Me encontré al fin en un espacioso bulevar con pocas casas, muy largo y recto. Inmediatamente sentí el soplo de los espacios abiertos. Pintorescas villas, suntuosas mansiones burguesas se levantaban al borde del bulevar o al fondo de sus jardines. Allí se veían parques y vergeles rodeados por empalizadas. Todo aquello recordaba vagorosamente la parte baja –y rara vez frecuentada– de la calle Liszniańska. La luz de la luna, diluida en innumerables cirrus, en escamas plateadas en el cielo, era tan pálida y clara como la luz del día. Solamente los jardines y los parques ponían un acento umbroso en aquel paisaje argentado.

Después de inspeccionar con detenimiento una de las edificaciones, pude llegar a la conclusión de que estaba ante la parte trasera del colegio, a la que en raras ocasiones me acercaba. Me aproximé a un portal y constaté, con sorpresa, que estaba abierto y el vestíbulo iluminado. Una vez dentro me encontré sobre la alfombra roja del pasillo. Confiaba en pasar sigilosamente por el interior del edificio –sin ser visto–, y poder salir por la puerta delantera, recortando así mi camino.

Recordé que a esa hora avanzada, en la sala del profesor Arendt aún se prolongaría una de aquellas clases opcionales que nos reunía en invierno, colmados de inquietud y pasión hacia el dibujo por mor del entusiasmo que nos transmitía aquel inigualable profesor.

Aquel pequeño y aplicado grupo parecía difuminarse en la sala amplia y umbría; sobre las paredes se descomponían las sombras inmensas de nuestras cabezas, iluminadas por pequeñas velas que ardían en el cuello de dos botellas.

A decir verdad, apenas dibujábamos durante aquellas horas, y el profesor nos dejaba a nuestro aire. Algunos incluso se traían de casa unos cojines y, sobre los bancos, se tomaban un descanso reparador. Sólo dibujaban los más aplicados, sentados muy cerca de las velas, en el círculo oropimente de su resplandor.

Normalmente aguardábamos durante mucho rato la llegada del profesor, matando el aburrimiento mediante somnolientas conversaciones.

Finalmente se abría la puerta de la sala y entraba él: pequeño, con una hermosa barba, imbuido de esotéricas sonrisas, de elocuentes silencios y de un aura de misterio. El profesor abría la puerta de su gabinete, que, por un momento, antes de volver a cerrarla raudamente, dejaba escapar numerosas sombras de yeso, de fragmentos de esculturas clásicas, de dolorosas Niobés, Danaides y Tantálides, todo un Olimpo estéril y triste que se marchitaba desde hacía años en aquel museo de figuras de escayola. Incluso de día, se respiraba en aquella estancia un rancio crepúsculo atravesado por sueños de yeso, miradas vacías, óvalos difuminados y pensamientos que se perdían en la nada. En ocasiones, nos gustaba escuchar detrás de la puerta el silencio colmado de suspiros y murmullos de aquellos restos que se desmoronaban entre las telarañas, de aquel ocaso de los dioses desvaneciéndose en el tedio.

El profesor se paseaba, mayestático y lleno de unción, a lo largo de los desocupados bancos, entre los cuales, reunidos en pequeños grupos, dibujábamos entre los cenicientos reflejos de la noche invernosa. Allí reinaba una tranquilidad adormecedora. Algunos de mis colegas se acomodaban, aquí o allá, para dormir. Las velas se consumían poco a poco en las botellas. El profesor se sumía en la contemplación de una vitrina abarrotada de viejos infolios, grabados e ilustraciones impregnadas por la pátina del tiempo. Con gesticulación un tanto esotérica nos mostraba antiguas litografías que representaban paisajes crepusculares, arborescencias nocturnas, alamedas de los parques en invierno, cuya umbrosidad acentuaban los reflejos plateados del periplo lunar.

El tiempo transcurría, imperceptiblemente, entre nuestras somnolientas palabras. En su curso desigual formaba una especie de nudos en el fluir de las horas, absorbiendo no sabemos cuán largos intervalos de duración. Súbitamente, sin transición, nos encontrábamos en el camino que retornaba a casa, desplazándonos por un sendero cubierto de nieve, entre dos em- palizadas de secos y negros matorrales. Marchábamos a lo largo de aquella orilla vellosa de la oscuridad, rozando la piel de los matorrales que crujían a nuestro paso en la noche clara, sin luna, de aquel día lechoso e ilusorio. La dispersa blancura de aquella luz que se desprendía de la nieve, del aire opalescente, de los espacios lácteos, evocaba un grabado de tonos cenicientos en el cual se urdían las líneas y sombras de las arborescencias, de un intensísimo negro. Así, ahora la noche repetía, más allá de la medianoche, aquella serie de estampas nocturnas del profesor Arendt y prolongaba sus fantasías.

Entre la negra arborescencia del parque, en la vellosa piel de los matorrales y la urdimbre de secos zarzales, de vez en cuando descubríamos algunos nichos –nidos de profunda y velina negrura– que daban cobijo a nuestras correrías y donde empleábamos un lenguaje de señas secretas. Aquel lugar era un retiro apacible. Nos sentábamos allí, arropados en nuestros abrigos de vellón, sobre la nieve tibia y blanda, comiendo avellanas que arrancábamos de los arbustos colmados de frutos en aquel invierno primaveral. A través de los matorrales se deslizaban silenciosamente las martas, comadrejas y mangostas, animales pequeños y alargados, de cortas patas, husmeantes, que despedían un olor agreste. Incluso creíamos que tal vez entre ellos podían hallarse ejemplares del laboratorio escolar, que, disecados y de ralo pelaje, sentían –en aquella noche blanca– el despertar en su vano interior de la llamada atávica, la llamada del celo, y regresaban a la tierra nutricia para finalmente extinguirse tras una breve e ilusoria existencia.

Aunque poco a poco la fosforescencia de la nieve primaveral se iba difuminando, hasta apagarse: se desplegaba el negro y denso crespón que antecedía a la aurora. Unos se quedaban dormidos sobre la tibia nieve, y, otros, encontraban a tientas entre muchos portales el suyo, y entraban a ciegas en sus interiores oscuros, en el sueño de sus padres y sus hermanos, enlazándose al poderoso ronquido que seguía su curso sin alterarse.

Aquellas sesiones nocturnas tenían para mí un misterioso encanto; no podía ahora perder la ocasión de echar una ojeada a la sala de dibujo, determinado a no permanecer allí más que un breve instante. Aunque tras haber subido por las escaleras posteriores de cedro, que resonaban bajo mis pasos, advertí que me encontraba en un lugar del edificio que me era desconocido.

Ni el más leve ruido alteraba el solemne silencio. En esa parte los corredores eran más amplios y suntuosos, con alfombras aterciopeladas. Pequeñas lámparas iluminaban tenuemente sus ángulos. Después de doblar uno de aquellos recodos me encontré en un corredor aún más amplio, de una fastuosidad palaciega. Una de aquellas paredes, con grandes vitrales en forma de arcada, daba al interior de las estancias. A través de aquellas arcadas podían verse las sucesivas habitaciones dispuestas con un oropel deslumbrante. La mirada se deslizaba sobre las tapicerías de seda, los espejos dorados, los muebles de época y las lámparas de araña de cristales colgantes; esa mirada se dejaba atrapar en los espléndidos interiores colmados de reverberantes arabescos y destellos de color, de guirnaldas entrelazadas y flores que se abrían. Solamente los espejos se devolvían sus secretas miradas en pleno silencio, y los arabescos discurrían a lo largo de los frisos y las paredes, perdiéndose en los adornos de estuco del blanquísimo cielo raso. Imbuido de respeto y admiración permanecía ante aquellas riquezas y me di cuenta de que mi peregrinaje nocturno me había llevado inesperadamente a una ala del edificio donde vivía el director, frente a su vivienda particular. Con una creciente curiosidad y el corazón agitado, me sentía dispuesto a huir al menor ruido. ¿Cómo hubiera podido explicar, si fuese sorprendido por alguien, mi nocturno voyeurismo, una presencia tan inesperada? Tal vez en uno de aquellos aterciopelados y mullidos sillones podría encontrarse descansando, envuelta por un total silencio, la hija del director, la cual súbitamente levantaría sus ojos del libro que estaría leyendo, y los posaría sobre mí: aquellos ojos negros, sibilinos y serenos, cuya mirada ninguno de nosotros era capaz de soportar.

Aunque, entonces, retroceder a mitad de camino sin llevar a cabo mi misión me hubiera parecido un acto de cobardía. Además, un silencio profundo reinaba en aquellos lujosos interiores, iluminados por una tenue luz fuera del tiempo. A través de las arcadas del corredor veía, al otro lado del enorme salón, una puerta alta y acristalada que daba a una terraza. El silencio que reinaba en torno era tan espeso que me armé de valor. No me parecía muy arriesgado descender algunos peldaños que conducían al salón, y, en unas zancadas, atravesar la lujosa alfombra para encontrarme en la terraza, desde la que podría pasar sin ninguna dificultad a la calle, que conocía perfectamente.

Y así lo hice. Una vez que me encontré sobre el entarimado del salón, bajo las altas palmeras que desde los macetones llegaban hasta los arabescos del techo, me di cuenta de que me encontraba en una tierra de nadie, puesto que el salón carecía de pared frontal. Era como una enorme loggia, a la que unos cuantos peldaños unían con la plaza de la ciudad. Era como si fuese una bifurcación de aquella plaza, y algunos muebles, incluso, se encontraban sobre el pavimento. Descendí raudamente unos escalones de piedra y de nuevo me encontré en la calle.

Las constelaciones ya se habían configurado en el cielo, las estrellas habían desplazado sus posiciones, mas la luna, emboscada en un edredón de pequeñas nubes que iluminaba con su invisible presencia, parecía tener aún por delante un periplo inacabable, y, ensimismada en sus celestes quimeras, se olvidaba de la aurora.

En la calle se veía alguna que otra calesa, rodeada de penumbra, destartalada y desvencijada, que parecían cámbaros o cucarachas, tullidas y amodorradas. El cochero se inclinó en el alto pescante. Su cara era pequeña y sonrosada: expresaba bondad.

–¿Quiere el señorito montar en el carruaje?

La calesa tembló con todas las articulaciones de su cuerpo y emprendió el camino sobre sus ligeras ruedas. Mas, en una noche como aquella, ¿quién podría confiar en las veleidades de un cochero? Entre el zumbido de los radios, el fragor de la carcasa y la capota, me era difícil ponerme de acuerdo con él sobre el trayecto a seguir. A todo lo que le decía respondía con un movimiento de cabeza, con una aquiescencia indolente, mientras –con un estribillo en sus labios– seguía dando vueltas a la ciudad. Un grupo de cocheros, reunidos ante una taberna, le dirigieron amistosos ademanes. El cochero respondió contento y, sin detener la calesa, arrojó las riendas sobre mis rodillas, abandonó de un salto el pescante y se unió al grupo. El caballo, el viejo y avezado caballo sacudió la cabeza un momento y prosiguió con su trote regular. Ciertamente, el caballo me inspiraba más confianza y parecía más responsable que su dueño. Aunque yo no sabía cómo manejar las riendas y tenía que dejarme llevar por sus impulsos. Así, me trasladó hasta una calle de los suburbios rodeada de jardines por ambos lados. Poco a poco, los jardines se fueron transformando durante el transcurso del recorrido en parques de exuberante follaje, y, éstos, en bosques.

No podré olvidar nunca aquel luminoso trayecto a través de la blanquísima noche invernosa. El mapa arcoirisado de los cielos se desplegó, formando una inmensa cúpula, y comenzaron a delimitarse ilusorios continentes y océanos y mares, trazados por las líneas de los vórtices y la corriente estelar, destellos fulgurantes de la geografía celeste. Ahora el aire era puro y luminoso como una gasa plateada: desprendía la fragancia de las violetas. Bajo una velina nieve –como piel de astracán blanco– asomaban trémulas anémonas con un resplandor lunar en sus cálices. El bosque parecía encendido por miles de luminarias, de estrellas fugaces que el cielo de diciembre vertía copiosamente, el aire exhalaba un balsámico olor de primavera: olía a nieve y violetas. Llegamos a un terreno abrupto. En las colinas, los desnudos árboles con sus ramas elevadas hacia el cielo, clamaban entre beatíficos suspiros. En aquel paraje vi gentes que deambulaban y cogían entre los musgos y arbustos las estrellas caídas, que aún conservaban una nívea humedad. El camino era cada vez más escarpado, el caballo resbalaba y con dificultad arrastraba la calesa, que resonaba con todas sus articulaciones. Me sentía dichoso, aquella brisa primaveral, el frescor de la nieve y las estrellas me embriagaban. El caballo forzejeaba contra la avalancha de nieve, cada vez más inexpugnable. El animal avanzaba con grandes dificultades a través de aquella mole blanca y fresca. Finalmente, se detuvo. Descendí de la calesa. Con la cabeza inclinada, el animal jadeaba denodadamente. Yo abracé su cabeza contra mi pecho: en sus grandes ojos negros brillaban las lágrimas. Entonces fue cuando vi en su vientre la mancha negra de una herida.

“¿Por qué no me has dicho nada?” –susurré, muy conmovido. “Lo hice por ti, mi buen amigo …” –dijo, y entonces se transformó en un caballito de madera. Sólo me quedaba resignarme. Me sentía extrañamente dichoso y etéreo. No sabía si esperar al tren de cercanías que circulaba por allí, o volver andando a la ciudad. Comencé a bajar por un sinuoso camino del bosque. Al principio, con paso ligero y elástico, después cogí impulso y emprendí una carrera dichosa que pronto se convirtió en un descenso de esquiador. Podía regular aquella velocidad y trayectoria mediante ligeros impulsos de mi cuerpo.

Al acercarme a la ciudad rebajé aquella carrera triunfal que, poco a poco, acabó en un paso mesurado. La luna aún estaba en su apogeo. Las transformaciones del cielo, las metamorfosis de sus innumerables bóvedas en configuraciones cada vez más insólitas, parecían no tener fin. El cielo –como un astrolabio de plata– descubría en aquella noche colmada de magia su mecanismo interior y dejaba ver, entre sus infinitas evoluciones, la brillante matemática de sus ejes y engranajes.

La gente deambulaba por la plaza vieja disfrutando del hechizo de aquella noche. Todos estaban maravillados por el espectáculo que se desarrollaba en el firmamento: la magia de los cielos ponía en sus caras un destello plateado. La preocupación que tenía por la cartera había desaparecido. Mi padre, emboscado en sus excentricidades, no recordaría su pérdida, y mi madre no me preocupaba tanto.

En una noche como aquella, única en el año, se despiertan en nosotros pensamientos dichosos, revelaciones, y nos sentimos tocados por el dedo de Dios. Imbuido de pensamientos e inspiración, decidí regresar a casa; entonces fue cuando mis colegas se cruzaron en mi camino con los libros bajo el brazo. Habían salido demasiado temprano para la escuela, despertados por la blancura de aquella noche que no quería acabar.

Nos alejamos deambulando por una calle empinada, atravesada por una brisa de violetas, sin saber si era la magia de la noche la que plateaba la nieve, o si nacía ya la aurora...


[Bruno Schulz Las Tiendas de Canela Fina en: Las Tiendas de Canela Fina, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 135 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]






Agosto

La Visitación

Los Pájaros

Los Maniquíes

Tratado de los Maniquíes o Segundo Libro del Génesis

Tratado de los Maniquíes continuación

Tratado de los Maniquíes conclusión

Nemrod

Pan

El Señor Karol

Las Tiendas de Canela Fina

La Calle de los Cocodrilos

Las Cucarachas

La Tempestad

La Noche de la Gran Estación


  • maldoror
  • autores
  • títulos
  • enlaces
  • novedades
  • vanguardias
  • e-books
  • © Copyright 2008-2014 -MALDOROR ediciones